ALLÁ POR el veintitantos de julio de 1936, a poco de iniciarse la Guerra Incivil, en un café de Ourense una mierda moral con patas le dijo a su contertulio: «A ése que va por ahí le debo cinco mil pesetas, pero mañana ya no se las debo». En la madrugada siguiente el acreedor fue paseado y no hay la menor duda de que el deudor estaba entre los promotores del paseo, al que era inútil buscarle otras razones que el alma ladrona del deudor asesino. Hace siete días un par de mierdas morales, también con patas, intentaban saquear un comercio de Bagdad y el dueño les hacía frente; fueron a por unos marines, les colocaron el rollo de que el tío era un fedayín peligroso y uno de los marines, de gatillo fácil y dedo flojo, ingresó en la cofradía de las mierdas morales y dio luz verde a la tropelía del par de alibabosos. Este par de ejemplos y muchos miles más desde Caín y Abel hasta la traca final de Josafat y desde la Antártida a los osos polares, confirman que muchos prójimos se van de la uniquísima vida que tuvieron con el convencimiento de que fue como la escalera de los gallineros, cortita y llena de mierda. Cortita por parte de ellos, rebosante de lo otro por parte del prójimo que les cayó en mala suerte. Cuando terminó la Guerra Incivil española y empezó la posguerra, que fue todavía peor que la guerra por la frialdad alevosa y obstinada con que se prolongó la represalia del vencido, se popularizó aquello de «¿Quién es masón? ¡El que tengo delante en el escalafón!». Porque, histéricos el Centinela de Occidente y sus pretorianos con el acoso a comunistas y masones, estimularon la ruindad de trepas y resentidos que tenían a mano un expediente fácil para acabar con el estorbo. Recordé hace unas semanas que, cuando hay un movidón como el que nos ocupa, con filias y fobias, abominaciones y adhesiones, nunca nos viene mal recordar que para puros puros, lo que se dice puros, con los de La Habana basta, y con la excepción que no hace falta comentar. Y para fieles fieles, fieles a machamartillo, con los Fieles Difuntos estamos servidos. Por tanto, lo más prudente será aliviarnos de la cutrísima división en buenos y malos ampliándola a buenos, malos y mediopensionistas. Y tengamos por seguro que el 99% o más estamos en el mediopensionismo, aunque a veces se nos cruzan los cables. Se nos cruzan los cables como se le cruzaron a aquel poncio de la Vanguardia del Paraíso Futuro sin Clases (¿y sin Vacaciones también?, pregunto) que, comentando el tiro en la rodilla a Fulano, engolaba la voz para ponérsenos en los antípodas de la violencia, pero la desengolaba y aterrizaba en su terreno para decirnos que, puestos a pegarle un tiro, él no se lo daría en la rodilla. Y se cubría, tal vez no de gloria, cuando renunciaba al tiro porque la bala valía bastante más que Fulano... Bueno, quería decirles que las guerras nunca se ganan y que de momento no están ganando la paz, pero el folio era cuartilla y la leria se me fue a los carroñeros...