Malas nuevas de Cuba

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

15 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

AL LÍDER de la revolución cubana, gran conocedor de las sazones políticas, esta vez le han fallado los vientos y le ha dado un tajazo al menguado crédito de su régimen. A la llamada caverna no le cabe el gozo en el cuerpo. Tal vez temeroso de que la movida contra Irak espoleara a los opositores internos y creyendo contar con el silencio comprensivo de una opinión pública mundial irritada con los americanos, Fidel Castro ha osado condenar a duras penas de cárcel a seis docenas de disidentes y mandado ajusticiar a tres personas por robar un barco para escapar de la isla. Monstruosidad preventiva que reprobará cualquier conciencia acostumbrada a medir la acción política por la vara de la ética. Cuando una forma de Gobierno congela el ejercicio de los derechos fundamentales pierde la razón de ser. El castrismo puede presumir sin duda de grandes conquistas sociales para beneficio de toda la población y de mantener con dignidad la soberanía del país; pero no ha sabido garantizar el reparto del bien que más aman los mortales: la libertad y las libertades, la primera de ellas la de disentir en voz alta. Pase el que la revolución no sea la campaña de la cordialidad; con todo hay que recelar de las que endulzan la mordaza con mantequilla. El fallo castrista estuvo en no admitir la lección que ha probado el sufrimiento de tantos y en tantas partes: que la perfección de la especie humana no admite atajos. El socialismo requiere el impulso de la utopía, pero convierte los sueños en pesadilla allí donde pretende imponer por vías no democráticas nuevos escenarios de humanidad más vividera. Encallado en los bajíos del tiempo histórico, el camarada del Che Guevara ha dejado de ser un rebelde con causa para terminar como un represor sin excusa. Triste fin.