EL ATAQUE al pueblo iraquí se ha basado en dos sentimientos: sospecha y deseo. La sospecha de que el régimen disponía de armas químicas, nucleares y biológicas. Y el deseo de acabar con el mesiánico Sadam. Probablemente nunca se desencadenó un conflicto bélico de estas proporciones sobre tan débiles pilares. Y, quizás por eso, el tiempo evidencia que comienzan a derrumbarse. Pocos dudamos de que el régimen de Sadam contaba con armas de destrucción masiva. Que acabarán apareciendo. Lo saben bien Estados Unidos y Gran Bretaña, que se las proporcionaron. Aparecerán porque para eso los norteamericanos han recuperado los viejos métodos del lejano Oeste de conceder recompensas. Pero, estos 23 días de conflicto nos dejan una idea clara. De momento, el único que tiene armas de destrucción es Bush. Y las utiliza. Todo lo demás es intuición.Para quienes creían que el ataque se basaba en hechos demostrables, el tiempo los está colocando en su lugar. El objetivo de un Irak democrático se está cobrando un elevado precio. Y lo pagamos sin que nadie, por el momento, haya podido mostrar las armas de destrucción masiva y con la posibilidad de que Sadam se convierta en el segundo Bin Laden.La diferencia entre deseo, sospecha y realidad la saben expresar muy bien los británicos. Wishful thinking , dicen para que sus sueños se hagan realidad. Y a ella hay que recurrir cuando reflexionamos sobre las causas que originaron este conflicto. El ataque se sustenta únicamente en sentimientos. En pilastras virtuales. Y de ficción. Nunca en realidades.