LA GUERRA de Irak está en sus últimos momentos, tras la toma de la capital y la destrucción de los símbolos del régimen baasista. Las primeras imágenes que se pueden ver, más allá de la lógica satisfacción por el final de la guerra abierta con sus inevitables resultados de destrucción y muerte, no resultan del todo esperanzadoras. Gran parte del pueblo iraquí aprovecha las primeras horas sin la amenaza de los bombardeos, sin orden público y ante el americano impasible, para celebrar la caída del régimen a su manera: el saqueo y el pillaje de cuanto encuentran. Y no ya de alimentos o de bienes de primera necesidad, sino de televisores, muebles y cualquier cosa que valga algo. La falta de agua, medicinas y alimentos puede provocar una catástrofe en una población ya debilitada por tantos años de penurias. Los kurdos pretenden reforzar sus posiciones en todo el norte de Irak, cosa que teme el Gobierno turco pueda tener graves consecuencias para la estabilidad de su propio régimen, laico y republicano, aliado importantísimo de Occidente en el área. Si la impasibilidad ante el pillaje, incluso de embajadas, no favorece la imagen de respetabilidad del nuevo orden que se quiere implantar, tampoco ayuda a la credibilidad del que puede ser nuevo hombre fuerte impuesto por Estados Unidos el hecho de haber sido condenado a 20 años por desfalco. A todo esto, el malvado Sadam no aparece. De momento, el poder americano ha tenido que conformarse con quemarlo en efigie como a los antiguos herejes. ¿Habrá muerto, habrá huido a Siria, se sumará a la relación de forajidos más buscados junto al camarada Bin Laden? Si esta guerra de Irak tenía muchas incógnitas, parece que más va a tener la posguerra. Los resultados del fanatismo se pueden combatir a bombazos, pero no el fanatismo mismo. Para ello es preciso un arma más sutil: la educación.