El veneno de la razón

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

08 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MÁS EXCESIVO de nuestros poetas del Siglo de Oro, don Francisco de Quevedo, lo dejó escrito como nadie: «El exceso es el veneno de la razón». Sí, el exceso es un filtro ponzoñoso que hace perder a los hombres que hablan para el público el sentido común indispensable para evitar que aquél se anime y salte de la grada con la intención de jugarse la partida a golpe de garrote. Desde que empezó la guerra contra Irak el exceso se ha adueñado de la vida política española. Madrazo llama terrorista al presidente del Gobierno y Maragall lo compara con Hermann Goering, condenado como criminal de guerra en Nüremberg. Tales excesos son sólo comparables a los de algunos dirigentes del PP: sin ir más lejos, a los del propio presidente, que acusaba estos días al PSOE de estar encadenado «a los comunistas».Echar cuenta a las palabras de Madrazo resulta una pérdida de tiempo, tal es la inanidad de este personaje detestable; recuerdo lo que mi padre nos decía de niños en estos casos: «A palabras emitidas por laringes inconscientes, trompas de Eustaquio en estado de letargo». Más grave es que un político que aspira a presidir la Generalidad pueda hacer la comparación irresponsable que ha hecho Maragall: ¿o es que ya no recuerda Maragall que hubo también quien tachó de criminales a los dirigentes del PSOE por apoyar la anterior guerra del Golfo?En cuanto a Aznar, su referencia a los comunistas para meter miedo al cuerpo electoral es puro franquismo redivivo. ¡Los comunistas! ¿Qué comunistas, señor Aznar? Los que lucharon por la democracia, más que usted. Los que contribuyeron a la aprobación de la Constitución, cuando usted andaba por ahí pidiendo la abstención.Pero, ¿qué coño pasa en España? Pues pasa que la guerra ha puesto a los políticos, como a los personajes de Almodóvar, al borde del ataque de nervios. A los de la oposición, que han llegado a morder hueso y no quieren, por nada del mundo, que la presa se le escape, lo que es legítimo, siempre que su presión se ejerza con escrupuloso respeto a los principios democráticos, entre los que está el del honor de las personas. Y a los miembros del Gobierno, que se niegan a aceptar la evidencia de que cuando uno hace política contra la inmensa mayoría, ha de pagar un alto precio. Quizás no estuviera de más, por ello, que el presidente leyera los dos tercetos de un soneto de Quevedo (siempre Quevedo) titulado Contra los que quieren gobernar el mundo y viven sin gobierno: «Vives mal presumidas y ambiciosas/ horas, inútil número del suelo/ atento a sus quimeras engañosas;/pues, ocupado en un mordaz desvelo/ a ti no quieres enmendarte, y osas/ enmendar en el mundo tierra y cielo».