ES POSIBLE que la guerra de Irak esté a punto de terminar, como casi todos deseamos. Las fuerzas angloamericanas han demostrado una determinación y una capacidad bélicas fuera de toda duda, y es muy probable que el régimen de Sadam Huseín se colapse de un momento a otro y todo su andamiaje se desplome de repente. Pero, en la medida en que este final se acerca, se aproxima también la reconsideración del principio, del verdadero origen de esta contienda. Porque a estas alturas de la conflagración, con una muy considerable cifra de víctimas, las preguntas previas recuperan toda su intensidad y su vigor. ¿De verdad era indispensable esta guerra? ¿De verdad era tan peligroso Sadam Huseín? ¿De verdad era tan grande su capacidad de destrucción masiva? ¿Dónde están todas esas armas y todos esos ejércitos capaces de desestabilizar la región y aun el mundo? ¿Qué queda de todos aquellos argumentos humanitarios y de liberación que se utilizaron para precipitar las hostilidades? ¿De verdad era inevitable tanta muerte? Me ha conmovido una reflexión de sir Patrick Cordingley, jefe de las tropas británicas en la primera guerra del Golfo y hoy contrario a la segunda. Según él, incluso la liberación de Kuwait se pudo lograr sin que murieran tantas decenas de miles de soldados iraquíes. Y desde luego considera un error esta segunda confrontación, que comenzó sin un mandato claro de la ONU y que está revelando que la capacidad de agresión iraquí era perfectamente contenible, sin que supusiese un peligro real para nadie.Cordingley lo expresa con rotundidad: «Si durante cincuenta años fuimos capaces de contener a la Unión Soviética, ¿cómo no íbamos a contener a Sadam Huseín unos meses más, hasta que tuviéramos la confirmación de los inspectores de la ONU de que su país era un peligro para la humanidad?».Son preguntas para después de una guerra. Preguntas en sí mismas guerreras que vuelven una y otra vez porque todavía no han obtenido respuestas convincentes.