SI NO FUESE por el abuso de la orteguiana frase, a uno le gustaría gritar otra vez: «¡No es eso, no es eso!». Lo que cuatro retrógrados están haciendo con las oficinas públicas y las sedes del PP alcanza cotas de estulticia suprema, pues no sólo es primario, injusto e ilegal, sino que refuerza justamente las posiciones que se dice querer combatir. Cuando orden y libertad se tensionan, siempre surge el activismo descerebrado, que rompe cualquier síntesis democrática y razonable embarullando el escenario. Que no nos confundan. Cuando el crítico siente que las cosas van mal y quiere mejorarlas, a veces da un aullido lastimero, a veces dice palabras como dientes ante las cosas que pasan. El bárbaro no entiende de razones y palabras . Encerrado en su cerrilismo, el bárbaro es ante todo, como decía Lèvy-Strauss, «el hombre que cree en la barbarie». Hace daño a todos y nos sume en la amargura individual y colectiva. Entrevemos y tratamos de alcanzar una sociedad mejor. Y ellos sobran en este propósito.