EL IMBÉCIL de turno es un tipo anónimo, de características bien determinadas, que nunca falta a la cita. Si inauguramos un monumento va por la noche y lo pinta. Si ve llegar la procesión del Viernes Santo mete un euro en la máquina de discos y selecciona a Dinio. Y, si percibe que toda la sociedad está levantada en contra de la guerra de Irak, fabrica un cóctel molotov y se pone a ayudar a Rumsfeld y Bush en su espantosa cruzada. Por eso, y porque siempre se trata de un imbécil, no vale la pena magnificarlo ni interpretar su tropelía en términos de lucha por nada o contra todo. Lo malo es que nadie sabe muy bien cómo tratar al imbécil de turno, ya que, si bien es cierto que no se le puede dar la importancia que no tiene, tampoco se le puede dejar marchar de rositas y sin dejarle constancia de nuestro profundo desprecio. Y por eso hay que armarse de paciencia para que, en vez de dedicar nuestras energías a luchar contra el ninguneo de la ONU, la amenaza contra Siria o el establecimiento de un Gobierno iraquí prêt à porter, tengamos que gastar un artículo para decir que esto no va con la democracia, y para salir en sincera defensa de un Partido Popular al que queremos criticar en buena lid democrática, reconociéndoles el derecho a que nos expliquen todo lo que quieran, que hagan sus mítines con toda libertad, que tengan sus sedes pulcras y bien organizadas, que hagan su propaganda sin borrones ni pintadas y que nos llenen el buzón de cartas de Aznar, para después hacer con nuestro voto lo que mejor nos dicte el sentido común y la conciencia.Tampoco conviene olvidar que, unas horas antes de que se produjesen los atentados contra los locales del PP y de la Xunta, otro imbécil de turno había atropellado a Patricia, la adolescente viguesa que estaba haciendo una sentada contra la guerra. Porque, aunque es posible que en este caso saliese beneficiado Sadam Huseín, la existencia de dos desmanes de sentido contrario nos ayuda a ver con más claridad que, lejos de estar ante un efecto derivado de la protesta cívica y organizada en contra de una guerra no declarada ni legitimada, estamos ante los inevitables sarpullidos de fascismo que brotan a veces en las democracias más avanzadas.Bien lo hicieron Touriño y Quintana apresurándose a mostrar su solidaridad con Palmou y con la inmensa militancia popular de Galicia. Y bien está que todos dejemos constancia de nuestro desprecio por el cobarde atentado contra las sedes del PP. Pero también hay que evitar que el imbécil de turno se convierta en un personaje, y que recorte nuestros artículos para pegarlos en su miserable curriculo. Porque lo que nosotros queremos es la paz. Y sólo escribimos para eso.