El general Blount, de la 3ª División de infantería, se muestra profundamente desolado por el asesinato ¿él habla de otra manera- de siete mujeres y niños, a los que se les aplicó la técnica de disparar primero y preguntar después. Como si nunca le hubiesen explicado -¡pobriño!- el negocio de la guerra.
01 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.No es un trabajo Perdida la épica del valor y de la sangre, cada vez hay más militares que nos hablan de la guerra como si fuese un trabajo, y como si matar a un enemigo fuese algo comparable a dirigir una orquesta o servir un café. Piensan que la tecnología y la distancia rebajan el color y el olor de la sangre, y que matar a cien millas de distancia es menos cruel que arrancar las tripas con la bayoneta. Ni un ápice de comprensión Durante más de 30 siglos la gente se creyó que la guerra era necesaria, como si fuese la única trama y el único impulso de la historia. Pero la experiencia militar del siglo XX nos enseñó que la guerra no es más que una catástrofe producida por los atajos de los poderosos, y que no hay explicación que pueda limpiar la conciencia de los que despanzurran niños y mujeres con tecnología punta. La civilización avergonzada No nos engañemos. Nuestra guerra, la que apoya el Gobierno de España, se está reduciendo a una repugnante masacre, que ha convertido a las poblaciones civiles en una palanca para ganar terreno y ablandar al enemigo. Toda la destrucción corre a nuestra cuenta, y todos los derechos humanos empiezan a ceder ante el nerviosismo de un poderoso ejército empantanado en su propio orgullo. Preparemos el banquillo Sé muy bien, por desgracia, que la justicia la hacen los poderosos, y no espero que los detentadores de una victoria criminal se sienten a sí mismos en el banquillo del TPI. Pero tenemos que exigir la justicia que se merecen los niños mutilados y muertos, y las poblaciones civiles convertidas en carne de cañón. Si ahora cedemos, habremos enterrado, con los muertos, todos nuestros valores. El grito acusador de la muerte La dura verdad de la guerra es que todos los muertos son iguales, y que no hay ninguna razón para que Buford Blount se sienta culpable por haber disparado sobre las mujeres y los niños de Nadjat, mientras los pilotos de los bombarderos y los artilleros de la marina arrasan Bagdad con la mayor naturalidad, como si los misiles no fuesen contra nadie ni reventasen a diario docenas de mujeres y niños.