LA GUERRA es una imagen. Como muchas cosas en la vida, sobre todo las difíciles de explicar, de la guerra, una vez concluida, queda una imagen. De la guerra de Vietnam, después de toneladas de bombas y defoliantes, tras millones de muertos, después de un país devuelto a la Edad de Piedra en muchos de sus antiguos campos de cultivo, tenemos la imagen, para siempre, indeleble, de la niña, de nombre Kim Puck, que corre desnuda con la espalda abrasada por el napalm, mientras unos marines corren también y al fondo, en un paisaje forzosamente gris, se observan los hongos de las bombas. Puede resultar arbitrario, pero es cierto que esa imagen puede ser un buen resumen o un buen comienzo para explicar con más detalle aquella tragedia de los años sesenta y de la que los norteamericanos no han hecho aún la digestión. De esta guerra de Irak teníamos hasta ahora la imagen de una niña con las piernas en colgajos, los ojitos cerrados y canos por el polvo, y una mano enhiesta que parecía un dedo acusador, en brazos de un casi anciano venerable. Ahora, en el ránking del horror, ha tomado una cierta ventaja la foto de Ali: sin brazos, casi sin pecho, sin familia, enjaulado en su soledad de por vida, mirando a la cámara con un sereno dolor y una pizca de extrañeza. También en la tragedia hay rangos y galones y es posible que una de las dos imágenes, quién sabe si una tercera o una cuarta, se lleve la horrible palma de permanecer por más tiempo en la memoria de más gente.El caso es que ya tenemos datos de primera mano que nos hablan de lo que suele ser el guión previsible de una guerra. Los tuvimos antes: el mercado de Kosovo, con su gente partida en dos en la barandilla, astillada cuando hacía cola para comprar el pan; los niños negro azabache, con ojos que se salen de las órbitas, amputados en una o las dos manos en Sierra Leona -reconvertidos ahora en hombre-anuncio por el oportunista de guardia-, que trataban de sonreír a la cámara a pesar de la información irreparable y demoledora que aportaban. No acabamos de tener una imagen tan contundente de la orgía de sangre que se desató entre Hutus y Tutsis, con más de un millón de muertos, según algunas fuentes, en el corazón de África. Sí tenemos la imagen de la tragedia del volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, indisolublemente ligada a la muerte lenta, tenaz, de la niña Omayra .Parece que la infancia es más eficaz para retratar el mayor número posible de pliegues, de todos los que ofrece la guerra, como un acordeón interminable. En España tenemos la imagen del miliciano de Capa, esa especie de crucifixión laica y cainita, como uno de los iconos del arrebato sanguinario que nos sacudió hace mucho tiempo y del que aún perviven las secuelas. Los claveles en la bocacha de los fusiles nos anunciaban que había llegado la libertad a Portugal, un 25 de abril de 1974. Del crimen masivo de las Torres Gemelas tenemos más la imagen en movimiento del gigantesco avión violando la mole de hormigón y preñándolo de muerte.Aquí, y casi ahora, en España, muchos se percataron de lo que era el terrorismo nacionalista cuando vieron las imágenes de la madre de Irene Villa, tumbada en un charco de sangre y levantándose como una moribunda para volver a caer. La chatarra humeante de Vallecas un día de diciembre de 1995, las caras de los ciudadanos de Ermua.En fin, hay un amplio catálogo de horrores retratados. Lo que uno no acaba de entender es cómo hay quien resulta incapaz de sentirlos todos por igual, con su misma y humana intensidad. Dicen algunos, y lo demuestran con hechos, reparar sólo en unas imágenes, mientras se olvidan sistemáticamente de las otras, con lo cual demuestran que no les interesa ninguno de los dramas.