EL VIEJO MACHADO, el poeta republicano al que una de las dos Españas le helaba el corazón, se sentiría perplejo porque los papeles se invierten. En esta primavera no brota la esperanza en las ramas del olmo herido por el rayo, sino que es el odio irracional y profundo que creíamos ya desaparecido el que se hace notar en las calles y en el Parlamento. ¿Qué pasa con gran parte de la juventud española? En las cátedras y las aulas, en vez de la reflexión y el estudio tras la huella de Apolo, el fundador de la civilización de la que somos herederos y símbolo de las fuerzas creadoras y constructivas, es el Dionisos de la revuelta, la desmesura y la trasgresión, la figura que se toma como paradigma del comportamiento. El insulto, la agresión, sustituyen al debate y los argumentos. Vuelve el fantasma del miedo, se acerca la sombra de ese espanto desatado del fanatismo y la violencia. Y ya no sólo sucede esto en los territorios hostiles para que medren la tolerancia, la libertad de pensamiento y el progreso cultural y social propio de las sociedades abiertas, como resultan ser aquellos en los que acampan indefinidamente los partidos nacionalistas, sino que se extiende al resto de la Nación. Los recientes acontecimientos preocupan a todos aquellos que han estudiado el pasado de España o aún recuerdan trágicas peripecias que marcaron su vida para siempre. Si esto sigue así hay que decir francamente que vamos derechos a fracasar nuevamente como pueblo. Es preciso realizar una serena llamada a la concordia, a la tolerancia, a la convivencia pacífica y en libertad como valores irrenunciables de la sociedad. Y a la juventud más inexperta pedirle que reflexione serenamente, que se forme su propia opinión antes de hacer bulto en manifestaciones violentas en los que se llama «asesino» al Gobierno constitucional. Nos estamos jugando el futuro de España. El suyo y el nuestro.