NOVENTA Y NUEVE por ciento de lo que importa decir, aunque el resto parezca más importante por más largo, es que toda guerra es una puñetera mierda y, cuanto más se quiera vestir de preventiva, necesaria e inevitable, más puñetera mierda se queda. Guerra «justa», guerra «civil», guerra «santa» son contradicciones terminológicas, guerra «sucia» es pleonasmo. Da igual que se gane o que se pierda la guerra, y urge dejarlo claro, no sea que vayamos a consentir en la «moral» del éxito, tan del gusto de los papanatas de la eficacia. Bush, fundamentalista bíblico de los que se recochinean en el Talión, debería recordar que Jacob, también llamado Israel, hizo mutis bendiciendo a diez de sus doce hijos, pero a Simeón y Leví los maldijo por belicistas inicuos, homicidas de furor maldito por su pertinacia. Padecían aquello que los griegos llamaban «ira memoriosa», rencor estúpido y ciego. La rigurosa impresentabilidad de Sadam, un infumable « black label» , no mejora ni una décima la desmesura de Bush.Y nos queda el uno por ciento de lo que importa decir. Largo, pero muy secundario, se resume en las pocas palabras con que todo buen entendedor se despacha: para puros, los de La Habana; para fieles, los difuntos.Al coro universal de iras y protestas pónganle filtro o sordina de puros y fieles, no vaya a ser que el Anticristo Bush ha venido a fastidiarles el guateque a seráficas criaturas como Chirac, Putin y otros cuya agenda diaria rebosa trapisondas y esperpentos de violencia y dividendos. Puros, los de La Habana, y fieles, los difuntos: tal vez, si Aznar y su gobierno no se pringan, en España la protesta se divide por cinco y la oposición política podría conformarse con el «que conste» ritual de protesta ante los organismos más bien decorativos en estas guarrerías del que, como en la fábula, actúa así porque se llama león.Para España y para los cinco continentes es de temer que, si esa misma guerra la encabezasen tres o cuatro potencias gordas que no fuesen los Estados Unidos, las protestas serían tan pocas o tan ninguna como fueron cuando China se peinó, violencia incluida, y se anexionó el Tibet, o como cuando Pol Pot, en nombre de no sé qué utopía marxista-leninista, se masacró en Camboya a dos o tres millones de prójimos. Hechos del pasado inmediato y a los mismos kilómetros que Vietnam y su guerra, tan masivamente protestada, pero ocurre que la que Bertrand Russell llamaba «capacidad emocional para seguir agudamente los males distantes» es una capacidad tan elástica y tan maleable, tan selectiva y raposa, que viene a confirmarnos que puros, los de La Habana, y fieles, los difuntos.Y los que apoyan esta guerra se quejan de que anda por ahí una manada de violentos agresivos rompiendo escaparates y tirando huevos. Coherencia pura: la sociedad agresiva engendra agresión. Apoyar la guerra agresiva y rechazar la pedrada o el huevo es tan incoherente como que Bin Laden se queje de que un avión le eche abajo la casa con él dentro.