Que no se cuelen los violentos

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

CADA UNO de los golpes que recibió Alberto Fernández Díaz a la salida del mitin de Reus es una razón perdida para la causa de la paz. Cada piedra o cada huevo lanzado contra una sede del PP, o cada insulto personal dirigido a quienes carecen de capacidad para intervenir en esta desgraciado episodio de guerra es una dificultad añadida a la siempre difícil tarea de exigir responsabilidades políticas efectivas. Cada vez que se hace evidente un clima de coacción contra el libre ejercicio de la actividad política y electoral estamos haciéndole un favor a aquellos que nos han metido en la guerra, y cuya decisión queremos rectificar. No estamos protestando contra la guerra de Irak, sino contra la maldita manía de hacer política con las armas. No se trata de discutir las teorías de Rumsfeld, ni los oportunismos de Aznar, sino de crear una cultura de la paz que sirva de guía para la actuación de los órganos nacionales e internacionales. Y tampoco se trata de acorralar por la fuerza a los militantes del PP, sino de transmitirles nuestra disconformidad radical con sus postulados y nuestra firme decisión de rectificar por vía democrática. Y por eso necesitamos que nuestras opiniones y preferencias se identifiquen con la paz y el orden social, aunque sean expresadas con la hermosa contundencia que se deriva de una sociedad que se echa en masa a las calles para hacerse ver y oír.Nuestros argumentos, por desgracia, son de importación. Y nada tenemos que añadir al profundo dolor y a la irremediable vergüenza que nos producen los misiles que van al mercado, los soldados despanzurrados en la arena del desierto o los intentos de sublevar a las poblaciones civiles a cambio de abrirles el grifo del agua o el horno del pan. Todo lo que está sucediendo en el mundo es un alegato contra la guerra, y por eso no necesitamos armarnos con más razones de las que nos otorga una paz extraviada entre el egoísmo de las sociedades opulentas y la añoranza de un imperio intratable que confunde la ley con las armas.Déjeme decirle que me encuentro entre los miles de españoles que han recuperado la íntima necesidad de salir a las calles a defender la paz y a luchar contra la teleguerra y la muerte. Y que no pienso ceder un ápice en mis denuncias contra los que generaron este horror sin sentido que estamos padeciendo. Por eso no necesito caer en la hipertrofia del orden para condenar a los exaltados y provocadores que creen que se puede parar la guerra con un empujón a un candidato o una piedra lanzada contra la sede del PP. Porque la paz es una forma de vida, y porque no puede haber coherencia, decía Séneca, «si mulam calquibus repetas, et canem morsu».