Mueren por su patria Para justificar una política imperialista, nos habían pintado al ejército iraquí como si de un diablo se tratase, pertrechado con armas prohibidas, distanciado de su propio pueblo, beneficiario directo de la corrupción del tirano, y siempre dispuesto a hacer sucias trampas en el campo de batalla. Por eso es inevitable que ahora nos admire su desnuda valentía y su patriotismo ejemplar. Ellos son la civilización Cada imagen de la batalla es un alegato contra el discurso que justificó la agresión. El poderío de Irak se reduce a una resistencia numantina contra la opulencia militar anglosajona, y ese ejército liberador, que debía ser el nuestro, sólo puede garantizarse la victoria a base de inhumanos bombardeos sobre las ciudades. La civilización son ellos, no nosotros, y por eso nos producen simpatía. No querían libertadores Incluso el Pentágono se creyó sus propias mentiras. Y por eso trazaron un plan de batalla que daba por supuesto que, una vez izada la bandera en el carro de combate, y con el cañón apuntando a Bagdad, los iraquíes saldrían a las calles para vitorearlos como a héroes, y que los soldados se iban a hartar de hacer el amor a cambio de chocolate. Por eso nos admira su dignidad amarga. Un pésimo diagnóstico Lejos de exiliarse en desbandada, regresan ordenadamente a sus parapetos. Entierran a sus muertos con devoción, y, en vez de aferrarse a la desesperación de la ruina, cavan trincheras con una mano, con el kalashnikof en la otra. Y no nos dejan duda de que, en comparación con sus vecinos, estamos arrasando al Estado más estructurado de la zona. Al contrario de lo que creíamos. Hemos atacado a un pueblo Que Sadam sea un tirano sanguinario no nos exime de la responsabilidad contraída. El militarismo opulento y abusivo nos jugó la mala pasada de desautorizarnos frente a Irak y frente al mundo. Y nos ha dejado en muy malas condiciones para administrar la paz. Por eso sentimos, sin querer, el síndrome de Bagdad , y por eso tenemos derecho a disfrutarlo sin complejo de renegados.