EE. UU. y la Vieja Europa

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

23 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

BUSH HA DADO a EE. UU. su más significada expresión de primariedad. Vive sin pasado, es acción sin pathos situada en el presente. Quizá esté convencido incluso de que la conciencia es desechable cosa de contemplativos, que a los hombres de acción sólo debe provocar desprecio. La Vieja Europa es la expresión de la secundariedad: vive en referencia constante a su pasado y su futuro y cuajada de cultura y escrúpulos jurídicos y morales. Sería deseable algo que las acercase, en su permanente relación de amor-odio. Las últimas declaraciones de Chirac sobre el «día después» pudieran ir por ahí. Todo esto me recuerda a las complejas relaciones entre Napoleón y Talleyrand. Para Napoleón, aquel vejete, al que necesitaba, era un monstruo de duplicidad, «es usted una mierda metida dentro de una media», le decía. Para Talleyrand, el joven y agresivo general, al que admiraba, no era más que «un bruto grosero e impulsivo». Y, sin embargo, no podían vivir el uno sin el otro.