HABRÁ QUE aforar el descalabro político, diplomático y militar que ha supuesto para EE. UU. la defección turca ante la guerra en Irak. A nadie escapa que ha sido un riesgo temerariamente no previsto por los analistas de Washington. No sólo se fue al garete la famosa pinza -invasión por el sur, desde Kuwait, complementada con la entrada por el norte, desde el Kurdistán iraquí- a causa del cierre parlamentario practicado por la mayoría islamista que gobierna Turquía, sino que se ha venido a establecer una situación crítica con la pretendida penetración del Ejército turco en el territorio de los kurdos de Irak. El cambio de eje operado en el problema de la guerra es de inmenso calado. Además de no aportar la colaboración que se esperaba, permitiendo el paso de 60.000 soldados norteamericanos, Turquía esgrime pretensiones sobre el Kurdistán de Irak que sería eufemismo calificar de ambiguas: cubrirse del riego de una invasión de refugiados kurdos procedentes del espacio iraquí, semejante a la que se produjo durante la guerra de l991. ¿Quién puede creerse una cosa así? Resulta un imposible táctico y estratégico cualquier acción de represalia contra los kurdos iraquíes ni siquiera aérea, pues la aviación iraquí no está operativa. La actitud turca puede significar dos cosas: una, la pretensión de quedarse y controlar el petróleo iraquí del norte, y otra, el pacto, para utilizar la ventana de oportunidad, entre el poder militar y el parlamentario, es decir, entre los hijos de Kemal Ataturk, herederos del secularizador de las instituciones turcas, y los representantes del renacido islamismo político. Desde los cuarteles y desde escaños de Turquía se habría hecho la pinza que menos cabía esperar; aunque no contra la resistencia militar del régimen de Sadam, sino contra la iniciativa militar angloamericana. De algún modo, Estambul quiere sacarse la espina del Tratado de Versalles.