Otros daños colaterales

OPINIÓN

SI NADIE LO REMEDIA, la guerra de Irak podría dejar hecha unos zorros la confianza de millones de jóvenes en el sistema democrático. Los responsables directos de tal desaguisado serían, claro, los gobiernos que violando el único principio que puede hoy civilizar las relaciones internacionales (el del respeto a las decisiones de la ONU) han decidido despreciar la notoria voluntad del Consejo de Seguridad de no autorizar por el momento un ataque contra Irak. Tal tragedia resulta ya del todo inevitable y por tanto una parte del daño ya está hecho: como leemos a diario en los periódicos, hay en España docenas de miles de chavales que no sólo exigen en la calle el restablecimiento de la paz sino que lo hacen convencidos de que entre el Gobierno de Irak y los de Estados Unidos, España o Inglaterra no existen diferencias y de que las sociedades que dirigen uno y otros se parecen entre ellas como una manzana a otra manzana. Aunque no están los tiempos para esforzarse en matizar, creo, pese a ello, que la obligación de todos los que podemos influir en los demás sigue siendo la de resistir esa marea incontenible que sólo puede desembocar en un desastre: el de que los jóvenes acaben recuperando aquella vieja idea insensata de la izquierda, la de la democracia formal como un engaño alienador inventado por las clases dominantes. Por eso, llegadas las cosas al punto en que han llegado, es necesario que -entre otros, pero de modo primordial- los políticos, los profesores y los responsables de los medios asuman que su responsabilidad con la democracia consiste en evitar que con el agua sucia el niño se escape también por el desagüe. Porque es posible criticar esta guerra y a quienes se han empeñado en no evitarla con toda la dureza, salvando a un tiempo la verdad. Y, por más que ello no justifique en modo alguno la invasión, la verdad es que las democracias americana, inglesa o española y la satrapía criminal que rige los destinos de los castigados iraquíes no tienen ni el más remoto parecido. O quizás apenas uno: que sus habitantes sufren por la muerte de los seres queridos en uno y otro lado del planeta con la misma humana intensidad.Digámoslo con toda claridad: se entiende sin esfuerzo que los palestinos de los territorios ocupados quemen la bandera americana; resulta, sin embargo, más difícil comprender que jóvenes criados en la seguridad y la opulencia de las sociedades democráticas hagan lo propio en los Campos Elíseos o en la Calle de Alcalá. El que a nadie parezca preocuparle tal dislate no hace más que aumentar el desasosiego de quienes nos tememos que tales excesos no presagian nada bueno.