MI HERMANO Xosé es un profeta, por mucho que hiera su modestia. No lo digo por su cualidad de sacerdote, que eso ya lo tiene más o menos adulterado, sino por haber escrito El libro del agua . Profeta viene del latín pro (antes) y femi (decir): el que revela las cosas antes que nadie. Voltaire, que era un chungón ilustrado, aseguraba que el primer profeta fue un sinvergüenza que se topó con un imbécil. Eso sería en los inicios; ahora, ni mi hermano es malvado, ni tontos de remate somos nosotros. Además, el problema de la escasez de agua ya nos está tocando directamente. Y ahora que estoy en plan de citas, recuerdo la suposición de García Márquez: si los capitalistas pudieran cobrar el aire, tendríamos que pagar por respirar. Hemos entrado en la guerra: trabajo iniciado medio terminado, Teresa de Ahumada dijo; la de ahora terminará, como todo; y el mundo (esperemos que no sea de ésta), tendrá su fin. Los americanos se apropiarán del petróleo (que nadie piense que lo van a repartir), e iniciarán otra nueva cruzada moralizadora por el agua. Las guerras se van modernizando. En el pasado se luchaba cuerpo a cuerpo por la quimera del oro amarillo; ahora se invade a un país por el oro negro, y pronto se llegará a destruir el planeta por lo que llaman el oro azul. Desde ya, para dar razón a García Márquez, las firmas multinacionales Coca Cola y Nestlé han comprado ingentes reservas acuátiles de Brasil.En su libro Las guerras del siglo XXI , Ignacio Ramonet señala que la del agua será la más peligrosa. Su centro puede situarse en Oriente Medio y en el Magreb. Por ejemplo, entre Siria y sus vecinos, en particular Israel, por las aguas del Golán, o Turquía y por las del Éufrates (estamos sumergidos en la Biblia); aunque igualmente entre Argelia y Libia: Argel acusa a Trípoli de robarle agua de las capas fósiles para alimentar un río artificial.Lo bueno en esta guerra de Irak, si algo bueno tuviese, es que los agresores, una vez que se hayan apropiado de los pozos de oro negro, se van a encontrar con que carecen de oro azul. Allí la situación es literalmente explosiva, debido en gran parte a la expansión demográfica. Oriente Medio contaba en 1985 con 205 millones de habitantes. Según las previsiones de la ONU, dentro de quince años alcanzará los 425 millones; es decir, el doble, a menos que un exterminio los deje en la mitad. Pero, optimistas, sigamos con las cifras deprimentes. Irak es el país del mundo que consume más agua por habitante, y luego Siria y Egipto, que siguen regando la tierra con procedimientos de inmersión y métodos legados por Arquímedes. Estas son razones inherentes al subdesarrollo, pero de las más graves habremos de responsabilizarnos los occidentales.Nada es irreversible ni fatal. La escasez de agua se debe al despilfarro de los países ricos: campos de golf, regadío exagerado, utilización doméstica abusiva. Por término medio, un alemán consume 90 veces más agua que un habitante de la India (de los cuales, 500 millones ignoran a qué sabe el agua potable y sana). Es decir, que si nos basamos en el consumo de agua, los 80 millones de alemanes equivalen a siete mil millones de hindúes. Y hoy que me funciona bien la memoria, recuerdo vagamente una frase enigmática del otro profeta, en sus comentarios del Corán: «El que desaltere a un ser de vivo corazón, será recompensado». Trece siglos después, las palabras de Mahoma conservan completa actualidad. Mil quinientos millones de habitantes del planeta no disponen de agua potable, y dos mil quinientos millones carecen de servicios de higiene. En el 2025 la Tierra albergará a siete mil ochocientos millones de habitantes, con su correspondiente porcentaje de desventurados. El objetivo de Kofi Annam consistente en que a través de la ONU se reduzca ese número por la mitad parece ya descartada; a menos que lo consigan sin ella los invasores de Irak.