Las conciencias tranquilas

OPINIÓN

20 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

PODRÍA LLAMARSE la guerra de las conciencias tranquilas. Desde que comenzó la confrontación, no han parado de sucederse las declaraciones de dirigentes políticos y representantes internacionales pasmosamente coincidentes en dos extremos: su tristeza por el inicio de la opción bélica y su sentimiento profundo de tener la conciencia muy tranquila. Todos habían hecho lo posible para que esta guerra nunca tuviese lugar. Lo asombroso es que esta declaración estaba en boca de todos los portavoces en liza, como si todos militasen en el mismo bando y sostuviesen idénticos criterios. Los estadounidenses aseguraban haber hecho todo para que Sadam Huseín se desarmase, con la oferta incluida de un exilio más o menos dorado. Hans Blix, el jefe de los inspectores, confesaba su tristeza y lamentaba no haber podido llegar más lejos en sus garantías por falta de tiempo y por el escaso entusiasmo colaborador de Irak. Francia, Alemania, Rusia y China ponían el énfasis en la ocasión perdida, pero sus conciencias no podían estar más tranquilas: habían utilizado todas sus armas diplomáticas para impedir la guerra, sin dejar de exigir el desarme. España y el Reino Unido, no hace falta recordarlo, tampoco querían un desenlace bélico, que nunca hubiese llegado de no habérselo impuesto el sátrapa de Bagdad con su contumacia. Y el propio Sadam, que tampoco deseaba la confrontación armada, ha manifestado tener la conciencia tranquila porque EE. UU. y sus aliados han elegido ir a morder el polvo en su país, naturalmente con la ayuda de Alá. Tal es la situación que, de creerles a todos, no habría manera de encontrarle un padre a esta guerra. Ni los halcones americanos se atreven a ir más allá de una exigencia de desarme que, al no poder conseguirse por las buenas, ha obligado al imperio a sacrificarse y poner pie a tierra para llevar a cabo una operación que esperan modélica por su precisión y por su baja mortandad. Así es la guerra. Algo que todos consideran un fracaso, al menos de palabra. Y así es el idioma de la guerra, tan fiable, tan esperpéntico. Tan real. ¡Tan irreal!