NO VINO de las Azores el consabido anticiclón sino el anuncio de una profunda borrasca. La proximidad extrema de las curvas de isobaras contenidas en la gráfica y en el parte de las declaraciones finales, definía la fuerza de los vientos que al cabo se han desatado; de los vientos de guerra. Se espera una alocución conclusiva del presidente de EE. UU. La presión disuasoria, la amenaza en espiral, para que el sátrapa iraquí cumpliera de una vez las sanciones que le fueron impuestas en l99l -por perder la guerra que había comenzado con la invasión de Kuwait-, ha sido una presión que acaba de llegar a su punto final. Al cabo, se ha evidenciado que la espera a que Sadam Huseín cumpliera los términos de la Resolución 1.441 del Consejo de Seguridad de la ONU, ha sido una espera muy cara para la cohesión occidental. La crisis atlántica se habría ahondado todavía más si el asunto iraquí hubiera seguido abierto unas semanas más, conforme la pretensión francesa, para que los inspectores de la ONU remataran su trabajo.Pero ¿cuál era su genuino cometido, el de detectives que buscaban o el de notarios que levantan acta del cumplimiento iraquí de las obligaciones impuestas por la comunidad internacional? Y tan importante como el sentido último de las tareas de la Inspección, el valor y sentido del tiempo que transcurría: de importancia crítica para el conjunto del proceso, tanto en lo diplomático -por profundizar más y más la línea de fractura en la comunidad atlántica, al avanzar el disenso- como en lo militar, al envilecerse las condiciones climáticas para la práctica de la guerra. Ya lo sabemos: Irak es con el calor como Rusia con el frío. Así que George W. Bush ha optado por cortar el nudo gordiano conforme los términos explicitados esta madrugada.