LA REUNIÓN que ayer se celebró en las islas Azores, con Bush, Blair y Aznar, no fue una cumbre atlántica, aunque se hiciese en medio del océano; porque aun siendo todos los que estuvieron, no estuvieron, ni por asomo, todos los que son. Por esta razón de número no se llega a la condición de cumbre, pero tampoco se queda el encuentro en el rango de cerro, ya que el tándem anglo-americano aporta a la OTAN bastantes más recursos que el resto de los aliados. Sin embargo, es de valor absoluto la apreciación de que se produjo el encuentro en la propia vertical falla del diseño atlántico, tras de la resurrección con Chirac del gaullismo plenario. Dijo en cierta ocasión el general que EE.?UU. sería el definitivo factor federante de Europa; pero, claro está, al cabo de un proceso conducido por Francia¿, y ahora por Francia y Alemania, en el remedo de otra resurrección: la del Imperio Carolingio. Un imperio, pues, frente a otro. A propósito de la crisis de Irak, la esgrima de los dos paradigmas imperiales de Occidente: el del imperio que se abre paso y el que se quiere desenterrar, mano a mano, por Francia y Alemania. Ahora sí se acaba de verdad el siglo XX: es en lo único en que coinciden las dos orillas atlánticas; pero cada una quiere el nuevo equilibrio a su manera. Para la liquidación del orden euro-asiático establecido en la Paz de Versalles, cada cual tiene sus ideas, propósitos e intereses. No hay, entre todos, ninguna mirada sobre Irak que, más allá de los argumentos al uso, esté exenta de concupiscencia; tampoco, ningún alegato que no esté tocado de asimetría, cuando se le cuentan a Bagdad las resoluciones incumplidas desde l99l y se olvidan las incumplidas por Israel, que casi las triplican en número. Sólo una iniciativa sólida sobre Palestina distribuiría en todos los concernidos contra la satrapía de Sadam una cuota de oportunidad y de decencia.