De La Haya a los Balcanes

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

TRAEN negra aureola, merecida fama de gravemente desestabilizadores, los atentados políticos balcánicos. Un pistoletazo en Sarajevo detonó la Primera Guerra Mundial. Otro atentado, en Belgrado esta vez, ha ocasionado la muerte de Zoran Djindjic, primer ministro serbio, y acaso detone un cuadro de guerra civil. Surgió Yugoslavia del Imperio Austrohúngaro, primero como monarquía y luego como república herética dentro del orbe y del dogma staliniano. Tito, el arquitecto de aquella disidencia, acaso diseñada por la CIA y siempre financiada por el presupuesto norteamericano, moría en l979 por estas fechas de primavera y yo recuerdo, porque allí estaba, cómo en su entierro -con Breznef y el vicepresidente Walter Mondale presidiendo las exequias, frente a los vastos despliegues de las televisiones norteamericanas y europeas- los mirlos de Belgrado daban su recital de cantos de agua, no se sabe bien si diciéndole adiós al dictador comunista, o despidiendo la segunda y última fase de la unidad yugoslava. Desde allí y a partir de entonces, todo fue un rodar hacia la descomposición de los vínculos y de los órganos de aquella patria imposible. A no tardar se había derramado la sangre entre los tres nacionalismos balcánicos concernidos: el católico de los croatas, el musulmán de bosnios y kosovares, y el ortodoxo de serbios y montenegrinos. Todos ellos, retales de los imperios desaparecidos: el ruso -reconvertido en soviético-, el turco y el austrohúngaro. El radicalismo serbio representado por Milosevic parece haber enviado los sicarios, al aire mismo de la Corte Penal Internacional que se constituía en La Haya. Los EE. UU., que no han estado en la sanción de la Corte, podrían comparecer ante ella; al menos, para dar cuenta del limbo jurídico en que se encuentran, dentro de Guantánamo -lugar sin soberanía activa- los prisioneros de Al Qaeda agavillados en Afganistán. El Derecho, como la Física, tiene horror al vacío; sobre todo si se trata de derechos humanos. Por muy terroristas que sean, se les debe juzgar: es la grandeza de nuestra civilización occidental y democrática.