Rebelión a bordo

| J. M. DE AREILZA CARVAJAL |

OPINIÓN

FRANCIA se niega a dar luz verde en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a una nueva resolución que autorice el uso de la fuerza contra Irak. Prefiere hacerlo a través de la suma de votos negativos de los países miembros no permanentes que esgrimiendo su veto. En el más de medio siglo de historia de esta organización internacional, Francia ha vetado sólo 18 veces, casi siempre junto a EE. UU. y el Reino Unido, una vez con Rusia y sólo dos veces sola. Sabe que entre los miembros de la ONU su derecho de veto es muy impopular, por anacrónico, ya que ni siquiera refleja el reparto de fuerzas de la segunda posguerra mundial. Pero lo esencial de esta actitud francesa es que nos encontramos ante más que una simple diferencia de opinión entre Jacques Chirac y George W. Bush sobre el grado de amenaza que supone para el mundo Sadam Hussein y su inclinación a usar armas de destrucción masiva para mantener y extender su tiranía en la región más explosiva del mundo. Los franceses querrían plantar cara a EE. UU. de ahora en adelante y no sólo en esta crisis. Su intención sería hacer todo lo posible para servir de contrapeso a la única hiperpotencia. Francia quiere alumbrar cuanto antes un mundo multipolar en el que ella todavía preserve cierto protagonismo, pero no a través de su participación en la Unión Europea, donde su peso es decreciente. EE. UU., por su parte, cada vez estaría más decidido a embarcarse en una nueva causa, la de asegurar, también con el uso de la fuerza, un nuevo orden mundial, una vez han desaparecido las certezas de la guerra fria y han aparecido nuevas amenazas para la democracia y la prosperidad del privilegiado mundo occidental.El principal riesgo de la apuesta gala es que, con las reglas actuales, Francia es mucho más débil fuera del Consejo de Seguridad que dentro. Su rebelión a bordo podría dinamitar la relación con Washington y de paso dejar varado el barco de Naciones Unidas: tras experimentar el veto francés en un asunto de esta magnitud, en el futuro los norteamericanos (o al menos, los republicanos) no acudirían a este foro para plantear nuevas cuestiones de seguridad colectiva. Después de Kosovo, EE. UU. no valora mucho la capacidad militar de Francia y a la vista del apoyo de dieciocho gobiernos europeos a EE. UU., le cuesta reconocer la influencia que Jacques Chirac pretende tener en el viejo continente. El hábil duo diplomático, por fin, formado por Tony Blair y Colin Powell puede que acabe convenciendo a lo largo de esta semana a Rusia, China y Alemania para que se abstengan y a todos los demás miembros del Consejo de Seguridad menos Siria para que voten a favor de la propuesta de nueva resolución, con las modificaciones que haga falta y siempre que autorice un ataque inminente. Sería entonces el momento de ofrecer una fórmula a Francia para que se abstuviera y no quedase francamente aislada.