07 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

QUÉ SENSACIÓN de ridículo debe sentir Hans Blix cada vez que presenta un informe sobre el desarme de Irak. Que pérdida de tiempo. Que impotencia. Mientras él se esfuerza en explicar los avances, otros se entretienen haciendo crucigramas. Ayer volvió a ocurrir. Blix habló de «cooperación activa» y de la necesidad de meses para concluir el desarme. Lo hizo horas después de que Bush dijese que, con ONU o sin ella, irá a la guerra. Si Hans Blix dice que Irak está cooperando más que nunca. Si el régimen de Sadam Huseín ha destruido parte de sus misiles Al-Samud 2. Si el Papa recuerda a sus seguidores que «nunca es tarde para dialogar». Si el ministro de Exteriores francés asegura que «los resultados de las inspecciones son cada vez más alentadores». Si Blair comienza a desmarcarse. Si la ONU está en una situación de compra-venta de apoyos. Si Francia, Rusia, Alemania y un ciento más de países lo tienen tan claro, ¿por qué entonces se nos martiriza con meternos en una guerra que sólo quieren cuatro irresponsables?Muy sencillo. La respuesta hay que buscarla únicamente en el currículo de George W. Bush. No el que incluyen los manuales escolares norteamericanos que dicen que «es el faro más luminoso de la libertad». No. En el auténtico. El que habla de un hombre con escaso amor al trabajo, con limitado talento; el que habla de sus etílicas correrías juveniles y, sobre todo, de su desaforada belicosidad. Para entender esta guerra, no hay que escuchar a Blix. Hay que saber quién es Bush.Que Estados Unidos va a atacar a los iraquíes, lo tenemos todos muy claro. Por qué lo va a hacer, también. Por mucho que traten de lavarse la cara y la conciencia. Lo explicó hace siglos el griego Homero: «El que ama la guerra es un hombre sin lazos de familia, sin hogar y sin ley». Ése es Bush.