ES LA SEGUNDA VEZ que una sesión parlamentaria que se iniciaba con el PP acorralado y aislado en su propia tozudez, se convierte finalmente en un respiro para el Gobierno y en una molesta arena en el zapato de la oposición. La primera fue aquel rifirrafe entre Caldera y Rajoy, cuando, en una comisión informativa sobre el Prestige , el portavoz socialista exhibió una parte de un documento oficial que el Gobierno había ocultado en su totalidad, y que, gracias a la falta de reflejos y al achique de Jesús Caldera, y a la temeraria imputación de Mariano Rajoy, que lo acusó directamente de mentiroso, produjo la alucinante sensación de que era la oposición la que le hurtaba los informes oficiales al Parlamento, y de que era más turbio quien hacía una selección de párrafos para apoyar sus teorías, que el que había ocultado la totalidad del escrito para colar de rondó la tesis de un desastre natural e inevitable. La segunda ocasión, que ahora comentamos, se produjo el pasado martes de Carnaval, cuando el recurso excepcional a la votación secreta, que debería servir para ganar un espacio para la paz, y para elevar el tono moral y político de un debate de extrema gravedad, acabó convertido en una doble victoria de Aznar, que no sólo ganó la partida númerica en las dos votaciones (183 y 184 contra 164 y 163) sino que rebajó el coste social y político de su su inexplicable adhesión al belicismo de Bush. También en esta ocasión estaba Caldera de protagonista, y también esta vez le faltaron reflejos para intuir que la estrategia inicial se había torcido y que debía sacar de la manga una alternativa coherente a lo inicialmente previsto. Pero el error ya se había cometido antes, cuando, con la evidente intención de aprovechar el descontento que reina en el PP, se abrió una vía de acoso que, como advierten todos los manuales de Ciencia Política, iba a producir un efecto contrario al previsto: cohesionar al Grupo Parlamentario Popular y extender la sensación de que también la oposición maneja la guerra con intenciones partidistas. La lógica de este caso debería haber llevado al PSOE a dar libertad de voto a sus diputados, para, después de mojarse con todas las consecuencias, pedir que todos los partidos hiciesen lo mismo. Porque en este caso el Partido Popular tendría que escoger entre mantener la exigencia de una disciplina sin fisuras, cosa impropia en temas de esta naturaleza, o abrir la vía para que sus propios diputados, libres de presión, escenificasen su sentimiento de rechazo a la guerra. Claro que, en el supuesto que yo propongo, nadie podría capitalizar el resultado de la votación. Y ese escenario, a lo que se ve, tampoco gusta a la oposición.