QUIENES mantuvimos actitudes críticas con el ministro Álvarez Cascos por considerar que no asumía responsabilidades, nos hemos quedado del color del azafrán. Y sin argumentos para defender los reproches vertidos por entender que el ministro rehuía los problemas surgidos, pese a ser dependientes de su departamento. Unos retrasos en los horarios y el corte de fluido en la catenaria del AVE que habrá de unir Madrid y Lérida, se ha llevado por delante al presidente del Gestor de Infraestructuras Ferroviarias. Cascos le ha obligado a abandonar el cargo por considerarse «engañado» en cuanto a plazos y al estado de las obras. Resulta evidente que el ministro asturiano no soporta ni los retrasos, ni las incapacidades. Y a la vista de la situación, ha optado por constituir un comité de crisis y rodearse de técnicos y expertos, con los que buscará una solución a los fallos detectados. Cascos es un ministro enérgico y resolutivo. Por lo visto, aborrece los retrasos y no perdona errores. Y en el caso del AVE catalán se siente además acuciado por la proximidad de un proceso electoral y por la actitud del presidente Pujol que ya ha dejado claro que lo ocurrido es «muy lamentable» y que no existen «excusas» para retrasar la llegada del tren a Barcelona. La actitud de Álvarez Cascos nos lleva a poder sacar algunas razonables conclusiones: Cataluña no es Galicia. Los vecinos de Muxía no son los de Lérida. Y Jordi Pujol se muestra demasiado exigente. También nos lleva a realizar un simple ejercicio comparativo. Y a plantearnos una duda: ¿Habría mantenido Cascos las mismas actitudes si el retraso se hubiera producido en el AVE que unirá Galicia con Madrid? ¿Habría obrado como lo hizo si el Prestige se hubiera estampado contra las costas de Tarragona?