Añorando al pecador

|LUIS VENTOSO |

OPINIÓN

SEGÚN refleja en su último libro el gran periodista Bob Woodward, a George W. Bush le irrita y le preocupa que se puedan percibir similitudes entre su manera de gobernar y la de su predecesor, Bill Clinton. Así, durante la campaña afgana, el gabinete de guerra se cachondeaba de la estrategia bélica en la era Clinton. La camarilla de Bush acusaba al anterior presidente de practicar la guerra light, de recurrir a la asepsia de los misiles crucero en lugar de echarle agallas y enviar tropas. Denigrar a los Clinton ha sido uno de los pasatiempos predilectos de la nueva administración republicana y de la ultraderecha religiosa estadounidense. Según su caricatura, el carismático Bill sería un simpático vendedor de motos, un tipo superficial, algo pícaro y mentireiro, carente de cimientos morales sólidos. En resumen: un farsante incapaz de encarnar y defender a la América eterna. No existe obra humana perfecta, así que en los ocho años de Clinton hay borrones. Sin embargo, el frívolo saxofonista supo trabajar con Greenspan (nombrado, por cierto, por Reagan), y logró la tasa más baja de desempleo en 40 años y el mayor superávit de la historia (Bush ya tiene también su récord: en sólo dos años ha conseguido el mayor déficit). En cuanto a guerras, se embarcó a fondo en una, la de Kosovo. ¿Resultado? La OTAN hizo piña con él y ahora el polvorín de los Balcanes disfruta de un cierto sosiego y Milosevic mora entre rejas. Por último, se fajó en los despachos hasta última hora para tratar de apurar una frágil paz en Oriente Próximo. Bush invoca mucho al altísimo y no se lía con las becarias. Es cierto. ¿Y compensa?