La razón francesa

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

26 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

FUE EL CARDENAL Richelieu quien se inventó la razón de Estado como el raciocinio de un poder superior armado con los medios procedentes de una violencia legalizada, es decir, con las armas de los ejércitos y las fuerzas de orden público. Hubo teóricos españoles que se pusieron a la tarea de distinguir entre una razón de Estado buena y otra mala, para arrogarse inmediatamente la buena y atribuir al enemigo -que no era otro que Richelieu- la mala. Tan hispánica pirueta no les sirvió para defender con éxito las posesiones españolas en Europa, perdidas a partir de la guerra de los Treinta Años, ni un imperio esparcido por el mundo desde el Caribe hasta las Filipinas. La idea de Richelieu consolidó el poder y la forma de Francia, y prolongó su desarrollo hasta convertirse en la idea con la que Bismarck hizo de Alemania una entretenida fuente de quebraderos de cabezas para Francia que, mientras tanto, apoyó la idea como buena en la causa de los rebeldes americanos frente al imperio británico. Francia se atuvo a esa idea como expresión moral de sus intereses en todos los casos y para bien o mal, en Alsacia-Lorena, en Indochina, en la crisis de Suez, en Argelia, en Marruecos, en la OTAN escindida por De Gaulle, en el Chad y en todas y cada una de sus alianzas, desde las más amplias a las más puntuales. Es una buena idea y muy clara a la hora de plantear las decisiones del poder como expresión de un juego, normalizado o no, de intereses en el que nadie pierde de vista las perspectivas de las rentas a corto, medio y largo plazo. Es un juego en el que quien no juega según aquella idea es que no sabe a qué está jugando. Es una moral necesitada de una elaborada retórica y de una diplomacia exquisita, entre cuyas funciones no es la principal el disimulo de sus elocuentes resquebrajaduras éticas. Para la razón de Estado francesa, la confrontación coyuntural con el gobierno de los Estados Unidos no es tanto el argumento de la obra como el movimiento táctico en el orden de una estrategia cuyos propósitos atienden a la pugna por el liderazgo europeo, el crecimiento de su influencia en Oriente Medio y la remuneración por los servicios prestados. Esto último es lo que menos claro tiene Francia a partir de lo magro de las rentas por su participación en la Tormenta del Desierto de 1991. Los Estados Unidos prometieron entonces un reparto de beneficios que, por lo visto, se ha quedado muy por debajo de lo que se suponía. Y cualquier razón de Estado sufre por eso. Cuando uno da sin recibir la debida contraprestación, entra en la melancolía del trabajo inútil y se hace cómplice de la molicie del que recibe y se queda mano sobre mano, a verlas venir, como quien dice. Francia detesta tanto la melancolía propia como la molicie ajena, y es siempre puntual a la hora de cobrar los servicios prestados o de cancelarlos, si tal el caso. Eso es bueno pues aclara -por si fuera menester- las reglas del juego y no ofrece el mínimo resquicio para el reproche. Es lo que hay.