LAS RETENCIONES fiscales son un diabólico sistema que fomenta la anestesia tributaria; no somos conscientes de lo que pagamos, y cuando bajan, como ahora, incluso pensamos que el generoso Gobierno nos da dinero. Mientras el pensamiento único insiste en que los ciudadanos acordamos felizmente sostener al Estado, éste hace todo lo posible por engañarnos, por destacar lo que da y ocultar lo que quita. Las retenciones, como es sabido, se habían convertido en un mecanismo de expropiación: el Gobierno retenía demasiado y después de las declaraciones masivamente devolvía el dinero, sin intereses. Una broma, vamos. La débil rebaja fiscal del PP, que no puede de verdad bajar los impuestos sin romper su acomplejado discurso socialdemócrata de «qué buenos somos y cómo aumentamos el gasto social», inevitablemente comporta una reducción de las retenciones, a riesgo de que las mal llamadas devoluciones fueran aún más escandalosas. Se trata de poco dinero, y además confuso, como también lo son las famosas ayudas a las amas de casa. He escuchado al ministro Montoro hablar maravillas del impacto económico de las menores retenciones. En el más puro estilo keynesiano aseguró que como nos íbamos a lanzar locamente a consumir, reactivaríamos sin duda la economía. Bobadas. Montoro no tiene ni idea de lo que haremos con esos euros, y además bien podemos reactivar la economía limitándonos a ahorrarlos en vez de consumirlos. No es la engañosamente simple aritmética macroeconómica la que avala esta medida sino el derecho puro y simple: tenemos derecho al fruto de nuestro trabajo, y el Gobierno debería proteger ese derecho, no violarlo sistemáticamente. El escarnio es que cuando lo viola un poco menos debemos saludarlo alborozados. Como siempre, el pusilánime y rácano comportamiento del PP resulta esplendoroso y revolucionario comparado con el de los nacionalistas y la izquierda, que también en este campo son aún más sólidos enemigos de la libertad.