PRIMERA LECTURA del domingo pasado: un texto del Antiguo Testamento, experiencia escaldada e ignorancia impotente ante la lepra, horror al leproso, condenado a su enfermedad en solitario y obligado a afearse y emporcarse para que la gente sana reconozca a lo lejos su impureza y escape. Un texto sórdido, a cuyo remate el sacerdote de Cristo, Nuevo Testamento, me sorprende con un ¡Palabra de Dios! que espera de mí un ¡Te alabamos, Señor! que no pasa de un piadoso ¡Manda truco! que, si no tuviera que ser piadoso, dejaría chiquito a Trillo con su ¡Manda ...! parlamentario. Cuando la estrategia sermonera obligue a leer textos bíblicos como ése, en lugar de un ¡Palabra de Dios! será mejor un ¡Medicina primitiva! y el pueblo fiel responderá ¡Vaya por Dios! Porque tener por inspiración divina y por palabra de Dios una ignorancia majadera e inhumana es un ejemplo claro de lo acertado que estaba Dios -¿y cómo no iba a estarlo?- cuando prohibió usar su santo nombre en vano. Cierto es que de vez en cuando hay que volver a esos y otros textos primitivos, pero sólo para rebasarlos y no para implicar a Dios en tales inepcias, por disculpables e inevitables que puedan haber sido cuando Moisés metía en vereda a aquella tropa. Léanse el Levítico 13 y verán cuánta experiencia sin ciencia tuvo aquella tropa en cuestión de Dermatología, con una casuística en la que todo lo que picaba entraba en cuarentena de lepra; supongo que un israelita tendría mucho cuidado de rascarse en público, no fuera a ser que el celoso beaturrón que nunca falta se chivase al levita, que sin listas de espera, le daba un repaso ocular que podía acabar en que el levita disfrutara el mejor de los disfrutes bíblicos, la mejor de las gozadas que aquellos israelitas podían gozar, a saber, la de tenerse a sí mismo por puro y elegido, pero declarar impuro al prójimo y esperar que lo partiese el primer rayo de la primera tormenta que la divinidad providente enviaría, porque el papel de la divinidad era estar todo el día cabreada fulminando impuros, pecadores y gentiles. Toda esa casuística levítica de granos, hongos, impétigos, forúnculos, eczemas, etcétera, que fueron a parar al saco de la lepra, les hubiese sido muy útil, si no tuviesen que ponerse histéricos, como no se puso, por ejemplo, Hipócrates cuando se dejó de teologías baratas y empezó a pensar las enfermedades como procesos naturales y de posible curación. Toda esa casuística levítica y todo su aborrecimiento al impuro carece en absoluto de la más mínima inspiración divina e incluso humana. Ese y otros textos bíblicos no son de recibo en la iglesia de Cristo, al menos en mi secta. Si Jehová hubiese tenido ganas aquel día de inspirar a los levitas, les hubiese soplado, además de piedad y misericordia, los corticoides, los antibióticos, los fungicidas, etcétera y la experiencia dermatológica de los levitas, aplicada a acercarse al enfermo impuro, los hubiese puesto muy por delante de Elizabeth Arden y Estée Lauder juntas.