OBLIGADO a comparecer ante el Congreso de los Diputados, y consciente de que los electores empiezan a darle la espalda, el presidente Aznar eligió una estrategia más vista que el TBO, que bien podría resumirse en dos tiempos de maniobra. El primero, ponerse al frente de las manifestaciones, apropiarse del clamor general contra la guerra y decir que todas las esperanzas de paz surgen del ansia militarista de Bush, Blair, Rumsfeld, las petroleras y el Gobierno de España. El segudo, quitarse la careta de líder mundial, capaz de poner los pies sobre la mesa de Camp David, y ponerse el disfraz de estadista europeo. Y, ya metido en harina, en vez de contarnos la bronca que le echaron Chirac y Schröder, por jugar a dos bandas, se presentó como el augusto artífice del consenso que permitió sofocar la estúpida rebelión del eje Londres-Madrid-Roma y acabar con el ensayo de diplomacia espabilada con el que se estrenaron los trece aspirantes a la Unión Europea. Pero la estrategia del PP iba mucho más allá de una simple faena de aliño que le permitiese superar el trago y marcharse a ver el partido, y por eso idearon una propuesta dilemática encaminada a cazar al PSOE en las patatas: poner a votación la declaración aprobada por los quince presidentes europeos, y tratarla como si fuese un texto de consenso. «Si votan que sí -pensaba Aznar- me consagran. Y si votan que no -se decía- se marginan de toda Europa y se quedan más solos que la una». Pero la estrategia tenía un fallo, y, lejos de mostrarnos al estadista puro, tan pagado de sí mismo, nos presentó al político que metió la pata y no sabe rectificar. Y ¿dónde radica el fallo?, se preguntarán ustedes. En que esta estrategia necesita de un público que se chupe el dedo. Y eso, como es obvio, ya no abunda en España.