El Atlántico crece

OPINIÓN

NUMEROSOS analistas estadounidenses empiezan a considerar que la creciente distancia entre su país y Europa va más allá del desacuerdo sobre Irak y atañe a valores más profundos e incluso a actitudes religiosas. Es la explicación que encuentran para justificar «la gran división» del atlantismo, de la que culpan sobre todo a Francia, el país ingrato por cuya liberación dieron su vida muchos norteamericanos durante la II Guerra Mundial. La prestigiosa revista Newsweek abre la portada de esta semana con el título «América sola», y se pregunta si la separación no es más profunda que una simple discrepancia política. El New York Post ha publicado la foto de uno de los cementerios de soldados americanos caídos en Europa con un pie en el que se lee: «Ellos murieron por Francia, pero Francia lo ha olvidado». Los estadounidenses recuerdan ahora esas cruces y esa sangre y se preguntan por qué no son correspondidos en este momento en el que ellos se sienten amenazados. Observan con pasmo a sus viejos aliados franceses y sólo ven «unos diplomáticos pérfidos intentando escabullirse de cualquier compromiso arriesgado». Por eso, para referirse al eje París-Berlín, hablan ya del «eje de las comadrejas», al que caracterizan por su desagradecimiento y su falta de coraje. ¿Cómo se ha llegado a esto? Los mejores columnistas, que indagan en la Historia reciente, ya han detectado diferencias que hasta ahora habían pasado inadvertidas. Y su conclusión es que no sólo nos separa Irak en el presente, nos separa sobre todo el pasado. Dos formas de ser occidentales se han ido fraguando en el siglo XX y se están manifestando ahora, con gran intensidad, en afinidades y en rechazos que van más allá del conflicto iraquí. En realidad, éste sólo ha hecho ponerlas de manifiesto de un modo brusco que ha sorprendido a los estadounidenses y a los propios europeos. Y, más tarde o más temprano, alguien pagará las consecuencias de asumir esta nueva realidad. No se descubre en vano que el Atlántico crece.