HAY que verla. La película brasileña Ciudad de Dios es perfecta para entender el milagro que quiere emprender Lula. Es cine social (ya saben, absténgase los amantes de las palomitas y la risa fácil. En este filme, hay que pensar). La historia es cruda: la violencia de niños y chiquillos que se creen hombres por tener una pistola para robar y matar, la serpiente de la violencia que se muerde la cola y que acaba con las vidas en el Brasil de las favelas. Terrible la ruleta, elige la mano o la pierna para recibir un tiro, elige a uno de los dos niños para rematarlo. Son las afueras de Río, pero parecen las calderas del infierno. Mientras los pobres venden droga y se matan a tiros, los ricos van a la playa. La historia tiene mucho del Scorsese más frenético en Uno de los nuestros , pero también mucho del Tarantino de Pulp fiction . Giros del guión hacia delante y hacia atrás, el azar que divide, que consagra, a unos y otros en buenos o malos. Tal vez, demasiado movimiento de cámara. Pero merece la pena. Les desvelo una escena del comienzo: un partido de fútbol en la favela. Un chaval tira el balón al aire, saca una pistola y le pega un tiro, al balón. La vida es un juego de muerte. Llegas a casa, ves a tu hija y piensas la suerte que ya ha tenido por nacer acá y no allá. cesar.casal@lavoz.es