EN ROMÁN PALADINO
16 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.HUBO UN TIEMPO en que ser vasco era sinónimo de virtudes ante los demás miembros de la hispanidad: la palabra del vasco, su sentido de la amistad y de la hospitalidad, la facilidad para expresar cantando desde los sentimientos hasta los paisajes de una tierra trabajadora. Hoy, ser vasco es un problema. Deben aclarar a qué comunidad pertenecen: la que practica la violencia en nombre de los derechos históricos; la que se exila o se hace superviviente ante la galerna del fundamentalismo; la que está harta de ser protagonista de historias de muertes (asesinatos) anunciadas. Y ahora los problemas peculiares . Las elecciones municipales serán normales para los nacionalistas, y tratarán de ganarlas para justificar el éxito de las teorías soberanistas de Ibarretxe. Pero los no nacionalistas lo tienen crudo. Deberán atreverse a ir en listas que serán instrumentos de ETA para señalar y ejecutar a los enemigos del pueblo vasco . Por eso, allí lo primero será consolidar la democracia. Entre quienes han pedido la suspensión de las elecciones en Euskadi, o los que quieren una lista única constitucionalista, están los que hacen de la dignidad su manera de estar en el mundo, se la juegan y se presentan por su circunscripción, su partido y con su programa. A estos hay que seguir admirándolos. Son vascos de cuerpo entero, de manos fuertes, pero más fuertes de espíritu y convicciones. Algún día, los vascos volverán a pasearse por esos mundos de Dios sin la vergüenza del estigma que hace de ETA y sus fechorías un patrimonio histórico por el que las gentes de bien preguntan al primer vasco que encuentran. Esos nacionalistas, que son la exacerbación del amor a la tierra, podrían hacernos el favor de aparcar, por unos momentos, las teorías independentistas o las soflamas de la vieja raza, porque no cuadran en tiempos de mestizaje; pero es que además, por cosas así, asesinan.