EN LAS PROTESTAS de Zaragoza, ante las periódicas riadas del Ebro, se coreó por los aragoneses el grito de «Nunca Máis». Es, al parecer, la primera vez en que Galicia acuña un lema generalizable del hartazgo y la rebeldía. Nunca Máis ya no sería sólo un símbolo de resistencia frente al chapapote, sino también contra la ineficacia de los Gobiernos ante cuestiones previsibles y evitables. Y algo más, en contra también del agrio talante político con que los actuales gobernantes afrontan la crítica democrática y eluden toda responsabilidad propia en los desastres. Es fácil gobernar así, atribuyéndoselos al azar, al capitán Mangouras o a la mala fe de la canina oposición partidaria o popular. Aquel eslogan autóctono gallego extiende y sintetiza simbólicamente la dimensión de un rechazo global. Y, encima, demuestra fungirse con naturalidad con los también legítimos gritos de «ETA no» o de «No a la guerra», que el Gobierno interpretará, sin embargo, como oportunistas excrecencias verbales de los de siempre, «los del no».