MI ALCALDE habla más que trabaja. Está más capacitado para la agitación que para la gestión, hasta el punto de que sus obras completas podría escribirlas un pendolista, que no un miniaturista, en la cabeza de un alfiler... Me confieso poco dado a admirar el nacionalismo, pero cuando, como él, se practica un nacionalismo que se circunscribe a la calle del Príncipe y adyacentes, hasta hacerse localismo pueblerino, empiezo a temblar. Entre otras lindezas que no vienen al caso, el alcalde de Vigo ha jugado a pregonar que su ciudad y sus ciudadanos somos los mejores del mundo, algo que quizá agrade a quien en lugar de enfrentarse a la realidad prefiera verse el ombligo en el azogue del espejo. Por contraposición, ha considerado a los coruñeses provincianos y conformistas. ¡Quién nos diera a los vigueses esos supuestos defectos a cambio de la eficaz gestión municipal que conoce Marineda desde hace dos décadas, al menos! De paso, el tal alcalde ha practicado un deporte muy grato a los de su religión: Hacer pim pam pum con Paco Vázquez, que en defensa propia no se ha quedado corto en la respuesta. Una amalgama de desa-cierto al meter las papeletas en las urnas y de mala suerte, nos ha deparado a los vigueses durante los últimos decenios no contar con los regidores apropiados para las necesidades de Vigo. Un motivo más para envidiar a la ciudad de A Coruña. Algo que ha ayudado, sin duda, a que los recelos existentes tiempo atrás entre vigueses y coruñeses se haya convertido en admiración de la inmensa mayoría de los primeros hacia la urbe que habitan los segundos. Parece evidente que los ciudadanos sensatos de Vigo estamos obligados a poner de relieve que los exabruptos del alcalde no se corresponden con el sentir popular. Provienen de un alcalde con trayectoria parcial, que no lo fue por méritos propios sino gracias a la muleta que le prestó con sus votos el PSOE -el mismo partido de Paco Vázquez-, que ha seguido siendo parcial en innumerables intervenciones públicas. Y no es malo reiterar que habla más que trabaja.