LA TRAGEDIA del Columbia produce cierta perplejidad, quizá porque estas aventuras espaciales, tan grandiosas y presuntamente calculadas en términos de exacta precisión, parecen depender también de minucias o imprevisiones no creíbles. Ello nos devuelve a nuestra pequeñez congénita, a nuestro mundo real y cotidiano. Y nos alarma de forma especial, porque creíamos haber matado el azar y las contingencias personales en una sociedad global, segura y predecible, de bendita placidez, en la que no puede ocurrir nada que perturbe el cálculo y la previsión. Lo cierto es que jugamos con cosas grandes y, al final, el Concorde , tan ufano, puede caerse si un trozo de neumático penetra en sus turbinas y el Columbia , tan majestuoso, puede estallar por no haber pasado rigurosamente la ITV. También algunas grandes batallas se perdieron por la inoportuna colitis nocturna del mariscal o por el retraso de un mensajero poco diligente. Humana ley, aun en los tiempos del teletransporte cuántico.