La soledad de Bush

ENRIQUE CURIEL

OPINIÓN

06 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SE VA consolidando la impresión de que George W. Bush no es capaz de ejercer el liderazgo de la primera potencia del mundo con la solvencia y el carisma que requiere su responsabilidad. La autóritas de los presidentes de los Estados Unidos apareció vinculada a su capacidad para generar consensos y administrar su inmenso poder fortaleciendo y señalando caminos ante los grandes retos del siglo XX. Su influencia en el mundo contemporáneo es indiscutible y adoptar una actitud genérica de antiamericanismo resulta tan inadecuado como realizar una defensa cerrada de todo aquello que tenga relación con la sociedad estadounidense. Digo esto porque, el desarrollo de los acontecimientos en relación con la crisis de Irak está poniendo de relieve la escasa capacidad de la Administración Bush para sumar acuerdos con países tradicionalmente aliados de Washington. Las fracturas que están emergiendo no se explican acudiendo a fáciles recursos primarios, y, probablemente, guardan relación con una visión equivocada de los problemas del mundo global que tienen los componentes del equipo que rodea a Bush. La sesión del Consejo de Seguridad de la ONU celebrada el miércoles último resaltó las dificultades de Colin Powell al comparecer ante la comunidad internancional e intentar justificar la invasión de Irak. Parecía más preocupado en defender las posiciones políticas del Gobierno del que forma parte que en construir un consenso político para sancionar el régimen de Huseín. Parecía el abogado defensor de Bush y no el fiscal de Sadam. No es fácil recordar que una propuesta de intervención militar de los EE. UU. tenga un nivel de oposición en el Consejo como el que constatamos el miércoles. Excepto el Reino Unido, España y Bulgaria, todos los miembros del Consejo de Seguridad evitaron pronunciarse favorablemente sobre una guerra que carece de suficiente justificación. Porque toda la construcción jurídica y política elaborada para amparar las decisiones de Washington quiebra al negar la posibilidad de permanencia del equipo de inspectores para indagar y neutralizar las armas de destrucción masiva que puedan estar en manos de Irak. Como decía Dominique de Villepin, ministro de Exteriores francés, «dupliquemos, tripliquemos el número de inspectores. Abramos más oficionas regionales, vayamos más lejos...». Y parece una propuesta llena de lógica porque, ¿cuántas misiones tiene Naciones Unidas en diversas partes del mundo cuya presencia se prorroga en función de la situación y de las necesidades de la crisis? ¿Acaso no se pueden imponer más sanciones a Irak siempre que no castiguen a los ciudadanos? Nos encontramos ante la primera crisis global de un nuevo orden mundial que desconocemos.