El desastre ecológico, económico y político a resultas del premeditado hundimiento del Prestige , ha traído consigo la rebelión cívica de cientos de miles de gallegos contra el fatalismo, fomentado por una Administración ocupada en que no levanten cabeza. Aznar teme menos al chapapote que a la marea de indignación de los gallegos por su pésima gestión de la crisis. El Plan Galicia es un intento desesperado de lavar la imagen de torpeza e ineficiencia de su gobierno, de su escasa estatura en momentos difíciles. Al afirmar que el Plan Galicia es su apuesta «personal», el presidente roza la megalomanía, ya que da a entender que el dinero de los proyectos sale de su bolsillo y que, sin gobiernos del PP, éstos podrían desvanecerse. Aznar gusta tanto del voto cautivo como los caciques gallegos; habla su mismo idioma, no sólo en la intimidad. Ójala su intento de dejar esta tierra atada y bien atada antes de retirarse no acabe con la esperanza de regeneración que supone el grito «nunca máis», o se habrá perdido la ocasión histórica de librarse del fatalismo. Jesús María Juaristi Linacero. Lugo.