CUANDO UNO era un mal estudiante en Santiago -hace mil años-, al final de las juergas estudiantiles solíamos cantar: «Triste y sola/ sola se queda Fonseca/ triste y llorosa/ queda la universidad». Hoy, año 2002, capicúa maldito, los gallegos estamos tristes, después de la gran ayuda de voluntarios de distintas organizaciones, y estamos solos una vez más, abandonados por la España oficial. En los versos Mar portugués , Fernando Pessoa narra que el mar es salado debido a las lágrimas de Portugal, a las lágrimas de las madres que en vano rezaron por los hijos que no volvieron más, a las lágrimas de las novias que no pudieron casarse. Hoy el mar gallego es salado por las lágrimas de toda Galicia que llora ante la horrenda tragedia que lo ha invadido, mar de homes y de valientes pescadores que luchan día a día a brazadas para hacer frente a las catastróficas mareas negras. Manuel Rivas, nuestro mejor escritor actual, dice que somos un país de emigrantes y de náufragos. Aproximadamente, uno de cada cuatro gallegos vivimos y trabajamos fuera de Galicia, la Galicia errante. Los gallegos de todos los continentes lloramos hoy la tragedia de nuestro mar, de nuestras rías, de nuestros marineros. Al final, cuando nuestros valientes voluntarios regresen definitivamente a sus tierras, cuando en la prensa nuestra duradera tragedia ya no sea noticia, cuando los políticos nos abandonen definitivamente sin habernos ayudado, seremos solamente los gallegos, nuestros marineros, nuestras pescadoras, los que limpiarán la playa de Carnota y el paseo marítimo de Muxía. Lo harán a brazadas, pero lo harán, y en unos años nuestras costas volverán a estar limpias. «E pois que cada tempo ten seu tempo/ iste é o tempo de chorar» (Celso Emilio Ferreiro).