Un oso que piensa

| LUIS VENTOSO |

OPINIÓN

EL RECHAZO de la guerra de Irak ya no es una bandera exclusiva de la izquierda (Lula), el pacifismo (Chomsky, Susan Sarandon, Arundathi Roy), la Vieja Europa (Chirac-Schroeder) o de las naciones con resabios antiamericanos. Cada vez hay más voces inesperadas que se plantan contra el plan de invadir y domeñar al país que alberga las segundas mayores reservas mundiales de petróleo. El general Norman Schwarzkopf, apodado El Oso por su aplomo y fiereza, es la antítesis de un pacifista pusilánime. Hace doce años, Schwarzkopf condujo al triunfo a las tropas aliadas en la Guerra del Golfo (sirviendo a las órdenes de Bush padre, Dick Cheney y Colin Powell). Además, en las últimas elecciones presidenciales, hizo campaña a favor de George W. Bush. Pero pese a tales antecedentes, este militar de la forja de West Point acaba de pedir una oportunidad para la paz. Tras sobrevivir a un cáncer de próstata y desde la mesura de sus 68 años, el general ha declarado a la prensa de su país que no ve «evidencias suficientes» para declarar una guerra. Además, reconoce que le preocupa el coste económico de la campaña (en la contienda de 1991, Japón y Alemania pasaron por taquilla y ahora no parecen dispuestos). Y tampoco ve clara la organización del país una vez conquistado (Irak, liberado de la tiranía atroz de Sadam, puede ser un polvorín por los enfrentamientos de kurdos, chiítas y suníes). Como guinda, Schwarzkopf añade que Rumsfeld, el actual secretario de Defensa de EE.?UU., le pone «muy nervioso». Pese a la advertencia del viejo Oso, es de temer que habrá guerra. El subsuelo de Oriente Próximo guarda el 65% de las reservas mundiales de petróleo y Estados Unidos consume por sí solo un cuarto de toda la producción del planeta. El presidente Bush (que procede del negocio del crudo, al igual que su vicepresidente y su consejera de Seguridad Nacional) sabe que convertir a Irak en una neo-colonia equivale a resolver por un par de décadas los problemas energéticos de EE.?UU. Con Afganistán tomado, Irak satelitizado y Turquía más o menos controlada, América puede tejer oleoductos que lubriquen su industria en un momento de necesidades crecientes (se calcula que Estados Unidos requerirá en el 2020 un 60% más de petróleo que hoy y sus reservas decrecen, a pesar de que Bush ha autorizado prospecciones en los parajes protegidos de Alaska). Schwarzkopf tiene razón: por ahora, no se han aportado argumentos morales y militares para invadir Irak (la anacrónica Corea del Norte ha superado el envite siniestro de Sadam y sigue ilesa: allí no hay oro negro). Pero la lógica crematística del chapapote empujará a los tanques a la arena. De poco vale que un Oso sabio y 40 premios Nobel estadounidenses clamen por la paz en el desierto.