EL ACTO celebrado en Bilbao por la iniciativa ciudadana ¡Basta ya! a favor de la Constitución española, demuestra de forma empírica hasta qué punto muchos de los artículos del texto constitucional son todavía un objetivo por conquistar para decenas de miles de vascos. Veinticinco años después de que los españoles aprobáramos la Constitución, en el País Vasco sigue vigente la pena de muerte -establecida durante la dictadura de Franco-, los vascos no nacionalistas no tienen libertad para decir en voz alta y de forma pública lo que piensan, no hay libertad para circular por determinados pueblos y zonas de algunas ciudades y son miles los vascos que han tenido que abandonar su tierra por miedo a ser asesinados o, sencillamente, porque se les hace irrespirable el clima atosigante impuesto por el régimen nacionalista. Hay profesores y alumnos que acuden a sus clases en la Universidad escoltados por la policía para que ETA no los mate o no vuelva a intentar matarlos. Hay periodistas que viven escoltados y así acuden a sus redacciones, a las ruedas de prensa o a cubrir las informaciones. Se ha llegado a la redundancia estrambótica de un vigilante jurado, amenazado por ETA, que acudía a su trabajo, uniformado y escoltado a su vez por policías. Los escoltas son ya un ingrediente habitual en los actos convocados por ¡Basta ya! y otros colectivos semejantes, a pesar de lo cual no merecen la atención periodística que les correspondería como síntoma de una sociedad enferma, atravesada por el miedo y sin libertad. Los escoltas ocuparon su sitio el pasado sábado, pero el pabellón de la Casilla de Bilbao -termómetro habitual del nivel de respaldo que merece una iniciativa en el País Vasco- estaba lleno a rebosar sin necesitar de su concurso. Los integrantes de ¡Basta ya! -entre los que me encuentro, quede claro- lograron llevar más gente que Ibarretxe cuando presentó su plan para la independencia en el mismo escenario. El caso es que un colectivo que apoya a las víctimas -del que forman parte víctimas de ETA-, que defiende la Constitución y lucha contra algo tan poderoso como es el nacionalismo obligatorio, ha conseguido tener una presencia relevante en la agenda ciudadana y política del País Vasco, ha logrado unir, en un tema esencial como es la lucha contraterrorista, a dos partidos que andan a la greña en casi todo lo demás -socialistas y populares- y cosecha significativas victorias: manifestaciones, concentraciones más numerosas que las de los que hasta ayer eran dueños de la calle, y el último éxito, Maruri. Este pequeño pueblo vizcaíno, no llega a los setecientos habitantes, no soporta tener un párroco no nacionalista y desde hace varios domingos gentes convocadas por el PNV bajo cuerda se concentran a la puerta de la iglesia para decirla a Jaime Larrínaga que se vaya, que no quieren saber nada de él. Jaime Larrínaga es miembro del foro El Salvador, un colectivo que agrupa a los poquitos curas vascos que no comulgan con el nacionalismo y que en su nombre evoca a los seis jesuitas asesinados por paramilitares en El Salvador, entre ellos el vasco Ignacio Ellacuria. Los creyentes nacionalistas han anunciado que sus hijos no harán la primera comunión en la parroquia, y, mientras tanto, se concentran, se concentraban, contra el párroco y filman en vídeo a los miembros de ¡Basta ya! que le apoyan. Pues bien, después de varias semanas y gracias a la tenacidad de los que apoyaban al párroco, los acosadores han desistido y no convocaran más manifestaciones. Un triunfo que demuestra que, establecidos los argumentos desde hace tiempo, sólo el coraje y la tenacidad democrática pueden acercarnos a que la Constitución sea en Euskadi una realidad plena, sin los agujeros negros de la muerte.