¿QUÉ PASARÍA si Aznar se va a Valencia y, contando la inversión comprometida en la región, y sumándole lo que va a invertir el Estado en un período impreciso de entre 10 y 15 años, bautiza su comedia con el pomposo nombre de «Plan Valencia»? ¿Qué pasaría si luego hace lo mismo en Sevilla o Asturias? ¿Y que pasaría si -¡no quiero ni pensarlo!- repite función en Madrid, Barcelona o Bilbao? Pues pasaría que el Plan Galicia se queda en lo de siempre, y que enseguida nos daríamos cuenta de que el AVE y la autovía del Cantábrico vienen de allá para acá, y que, cuando los de Bilbao, Oviedo y Santander viajen en AVE hasta París, sin deber ningún favor ni regalar ningún voto, a Santiago le faltará un lustro para tener la misma suerte. Tal como van las cosas, y gracias en parte al Plan Galicia, el AVE va a llegar relativamente pronto a Valladolid, Zamora, Burgos, Miranda de Ebro, San Sebastián, Bilbao, Santander, Oviedo, Albacete, Cuenca, Lérida, Gerona, Badajoz, Toledo, Málaga, Alicante y Murcia. Después, si Dios quiere, también llegará aquí. Pero, mientras ellos no deberán nada, nosotros tendremos que estar agradecidos toda la vida, y mientras a ellos les tendrán que prometer otras inversiones tendentes a modernizar sus entornos, nosotros tendremos en nuestro balance la doble vía de Lubián que, construída en Zamora, y beneficiando a Zamora mucho antes que a nosotros, ya está cargada en el balance de María Pita. ¿Qué pasa? ¿Es que aquí no se iba a hacer nada si el Prestige no se hubiese hundido? Si la inversión comprometida en los siete años anteriores supera los 7.000 millones de euros, ¿qué tiene de nuevo que la inversión de los siete años que vienen no pase de los 5.500 millones? Más aún: ¿si con una inversión de 7.000 millones de euros éramos la comunidad con menor inversión por habitante de todo el noroeste (Cantabria, Asturias, Galicia y Castilla-León), ¿qué va a pasar en los próximos años, cuando, gracias al Plan Galicia, se invierta aquí menos que antes? Nunca sabré por qué los gallegos nos dejamos embaucar con tanta facilidad. Por eso este artículo es como una especie de rendición frente a una carga de la caballería demagógica que, con toda evidencia, no vamos a resistir. El Plan Galicia puede ser para nosotros, parafraseando a Marx, como el opio del pueblo, y no creo que estemos dispuestos a reconocer, ni siquiera, las verdades del barquero. Por eso cierro este tema con la misma desesperanza que me produce aquel final de capítulo escrito por Hernando del Pulgar: «Puestas en orden las cosas de Galicia, partieron los Reyes Católicos a la campaña de Granada». Mi próximo tema será Irak, que viene a ser lo mismo.