EN EL INVIERNO de 1975, cuando Alberti publicó La Arboleda perdida , yo estudiaba COU en el Instituto Valle-Inclán de Pontevedra. Entonces nos daba clase de Lengua y Literatura Manolo Domínguez, que era un profesor de vocación en el sentido machadiano del término. Si hubiera llegado a viejo, se habría parecido mucho al entrañable personaje que interpreta Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas . Así es como yo lo imagino. «El lenguaje -nos decía- es el murmullo de todo lo que se pronuncia. En él estamos comprendidos». Después encendía un Ducados y se quedaba escondido detrás de las volutas azules. Era tímido e irónico. Se daba cierto aire a un actor de cine de la nouvelle vague que por aquella época empezábamos a descubrir en el cine club del teatro Principal. Tenía ese atractivo literario: la gabardina, el cigarrillo eterno, los libros bajo el brazo... Uno de esos libros comenzaba y acababa con una escena en la que otro profesor traducía a Tucídides clandestinamente en la Varsovia sovietizada. En un momento de la novela el personaje dice: «El pensamiento es libre por la sencilla razón de que se encuentra absolutamente prohibido». Me quedé con la cita porque aquel año de COU mi padre estaba en la cárcel y la vida estaba llena de prohibiciones. Todavía mantengo en la memoria instantáneas fotográficas de la guardía civil a caballo en el acuertalamiento nevado de Hoyo de Manzanares, donde se celebró el Consejo de guerra contra los militares demócratas. Supongo que entonces buscaba en la literatura ese vislumbre extraordinario del que nos hablaba el profesor, un foco que fuera abriendo zapa en la oscuridad como el de aquellos combatientes de la novela de Czeslaw Milozs en el silencio resbaladizo de las alcantarillas de Varsovia. El pensamiento ha sido despreciado y temido por los regímenes despóticos que acostumbran a urdir contra él un simulacro de falsas verdades. El escritor Manuel Rivas denunciaba hace poco en un artículo las insidias de ese poder contra la dignidad de todo un pueblo que se atrevió a levantar la voz para decir Nunca Mais . John Le Carré hacía lo mismo esta semana, desvelando con lucidez implacable, los intereses reales de los señores de la guerra. A ojos vista el mundo se halla siempre en confusa barahúnda y la piel del poder es de naturaleza gruesa y gris como la de los elefantes aunque cambie de manos. Ese es el motivo de que me haya acordado del libro de Milozs que se titulaba precisamente así: El poder cambia de manos . Algo que como sabemos ocurre todos los días. En algunos países, en las urnas, de forma democrática; en otros, de manera torcida y tenebrosa como sucede en las purgas o en las intrigas y como está pasando en la guerra intestina desatada en el gobierno de Galicia. Pero todo esto es sólo un recuerdo. El traductor ha dejado ahora el libro de Tucídides encima de la mesa. Es un día nublado en Varsovia. Puede que en este mismo instante una estudiante abra una novela y subraye la frase: «El pensamiento es libre por la sencilla razón de que se encuentra absolutamente prohibido». Y quizá desde algún lugar un profesor de Literatura bondadoso y escéptico sonría íntimamente.