COMO HACEN los niños de San Ildefonso cada 22 de diciembre, el Gobierno de José María Aznar se ha desplazado a Galicia para cantarnos una lluvia de millones de euros. Vaya por delante la satisfacción y beneplácito. Pero, contrariamente a lo que ocurre con la lotería de Navidad, que te vas al banco, la cobras y planificas tu futuro, el anuncio del Plan Galicia presenta ciertas aristas. Una de ellas, su completo cumplimiento. La reunión de ayer del Consejo de Ministros en A Coruña, al margen de tratarse de un gesto que los gallegos esperábamos, ha dado a luz un plan que tiene que calificarse, sin paliativos, como de ambicioso y espectacular. El Gobierno, que estaba obligado a cerrar la deuda histórica que tenía contraída con Galicia, afronta un costoso proyecto de reactivación que, de llevarse a cabo, y no hay que ponerlo en duda porque para eso el presidente Aznar lo asume como suyo, va a servir para que comience a pasar al recuerdo la pesadilla secular a la que tantas veces nos referimos. Después de meses sumidos en la mayor de las tristezas y pesadumbres, existe ya, al menos, un motivo para la esperanza. Galicia desde ayer comienza a tener futuro. La actuación en los cinco puntos básicos del proyecto de reactivación ha de ser firme. Y sólo se conseguirá si se ejecutan rigurosamente los plazos. Lo dramático, aun expresando la satisfacción por lo acordado, es que haya tenido que venir Mangouras con un petrolero desguazado y que hayamos tenido que sacrificar nuestras costas, nuestra pesca y parte de nuestros medios marinos para disponer de un «compromiso de impulso» del que hace sólo tres meses, por lo que parece, no éramos merecedores. Lo dramático es que estemos sufriendo una calamidad para que nos den lo que ya era nuestro.