Cierta afición a los dados

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

22 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA POLÍTICA es un curioso asunto a cuyos protagonistas más les valdría no dar nada por sentado, y menos aquéllo que estarían dispuestos a dar por seguro. Hay políticos que, en un momento afortunado y oportuno de su pasión, son capaces de devorar a la política de su tiempo y lugar, y convertir ese momento en toda una época que puede pasar a verse titulada con su nombre. Hay veces en que eso no sale mal, y esa época queda entre las que la anteceden y la siguen, buena o mala según las condiciones y actitudes de quienes la examinen y critiquen; la cosa para ahí, y a otra cosa. Hay políticas que, bajo la pasión de un momento de mala fortuna y oportunidad aviesa, devoran al político, malogran su carrera y ensombrecen su final. Cuando esas dos políticas, la devorada y la devoradora, coinciden en el mismo político y en el instante menos pensado y más abrupto, entonces es el momento de estudiar lo que más sesgadamente ocurre en la política, y de imaginar o suponer lo que les pasa a los políticos encartados, sin dejar de lado en modo alguno el alcance de ese papel tan inopinado que juegan a veces, o suelen jugar, el azar y el destino. Singulares factores, el azar y el destino: elementos intrusos, merodeadores o dueños, en realidad, de la casa cuya propiedad se atribuye a otros sujetos -permanentes o transeúntes- más fáciles y menos estrafalarios de poner en los registros. Hace tres meses nadie habría apostado seriamente en contra del PP en cuanto a los resultados globales de las próximas elecciones municipales. Las cosas eran como eran y estaban como estaban. El único entretenimiento o debate a ese respecto en los seminarios del café, la taberna, la tertulia, la oficina, la redacción y las aulas, giraba sobre la edad de Fraga y las más o menos sólidas posibilidades de un delfinato tan sólo sujeto a un cierto margen de dudas, habitual por lo demás. Pasa entonces un barco y lo envuelve un temporal cargado de azar y de destino que lo convierte en una espada de Damocles tan original como para no estar suspendida sobre el cuello de Damocles, sino sumergida en el abismo abierto a sus pies, transformada en roedor clandestino de sus pasos, hecha imponderable asechanza ceñida a unos espasmos impredecibles que impiden ver el final de la peripecia, el término de lo aciago. Quizá hay quien no considera el azar y el destino en estas cosas, y las soporta y define como simples cosas de Dios. Pero quienes más saben de Él aseguran que no se ocupa de estas cosas que, en realidad, devienen de otras, mucho más remotas, de las que ya se ocupó en su día o -más bien- en sus siete días. Hay también un acuerdo científíco en cuanto a que Dios no juega a los dados, tal cual señaló Einstein en su famosa objeción a la teoría cuántica. Dónde sí juegan a los dados es en La Moncloa y en la calle madrileña de Génova, sede del PP. ¿Tomaron allí en cuenta que la jugada para acabar con el delfín dejaba a Fraga suspendido en el vacío y residente en el limbo? Yo creo que sí. Poner a Fraga en tan vacía residencia, ¿es un efecto colateral indeseado? Yo creo que no. ¿Es que en La Moncloa y en Génova gusta tanto jugar a los dados? No. Lo que les gusta es jugar a Dios.