LOS RUMORES, al contrario que otros males, son un mal innecesario. Alimentan con frecuencia la curiosidad enfermiza de quienes los buscan y la vanidad incontinente de quienes los difunden. Ocurre lo mismo con ciertas interpretaciones que, como diría Umberto Eco, saltan sobre el sentido común y van más allá de cualquier lógica y en contra de toda evidencia. De ordinario, tal especie de interpretación refleja mucho más al interpretante que al interpretado. Esto es normal, lo de todos los días. Empeora la cosa cuando la interpretación alevosa se reconvierte en rumor, y este en certeza que circula en los cenáculos corporativos o incluso se plasma con descaro en tal o cual hoja volandera. Entonces, sólo quien conoce biografías y antecedentes del interpretador está en condiciones de poner en solfa su mala sangre, mejor o peor disimulada. El New York Times citaba ayer a La Voz de Galicia . El Frankfurter le dedicó media página de elogios y Le Monde , casi otro tanto. Es natural que algunos -desde empresas que han funcionado como correas de transmisión perfectas en la crisis última-, es natural, digo, que encuentren ahora, donde no los hay, motivos para arremeter contra la que no los quiso.