PICHILINGÜIS, el término con el que en Campeche, en la península mexicana del Yucatán, califican a los piratas -en realidad no es más que una corrupción del más neutro speaking english -, puede asociarse a Gibraltar, convertido en puerto de refugio para los modernos piratas y forajidos (outlaw) que comercian con el dolor y la muerte ajenas. Para dar la razón a los militantes ecologistas (reprimidos por la policía gibraltareña con inusitada violencia y rigor, que no resulta tan patente, por cierto, para la represión del contrabando, tráfico de droga o el blanqueo de dinero), que unas horas antes habían protagonizado un acto simbólico de protesta contra el suministro en precario de combustible a barcos más o menos piratas, se acaba de hundir una de las gabarras dedicadas a ese cometido. En este momento ignoro el alcance del desastre ecológico que se vaya a producir, pero cabe preguntarse si las autoridades españolas están tomando todas las medidas posibles para impedir que en nuestras aguas se perpetren estas actuaciones. Pero más allá de la desgracia de tener que soportar ese foco de infección permanente en que ha devenido la colonia británica, conviene denunciar la responsabilidad que tienen algunas modernas tendencias del liberalismo internacional mal entendido en la pérdida de seguridad en el transporte. Y no se trata únicamente de que los barcos sean antiguos o monocasco, pues, por ejemplo, en la ría de Vigo ha venido actuando en perfectas condiciones y hasta hace poco el Campalans , de la antigua flota de Campsa, buque fletado hacia los años veinte. Porque tenía un capitán, oficiales y tripulación competentes, y un mantenimiento riguroso, respaldados por una empresa responsable. Y pública, con perdón. El problema es la codicia y la impunidad asociadas a procesos de privatización entendidos como patente de corso para burlar la legalidad o la rapiña de los bienes y seguridad públicos. Y que, a mayores, eso se venda como moderno, competitivo y políticamente correcto.