20 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

FUI invitado a comer en su casa de Lalín allá por el año 1996, cuando circulaba con intensidad el rumor de que unos meses después Fraga lo iba a nombrar vicepresidente de la Xunta de Galicia. Un Cuíña exultante, que rezumaba seguridad en sí mismo, apenas dejaba entrever alguna inquietud ante el desafío que suponían las altas responsabilidades que podrían sobrevenirle y que en ningún momento se identificaron en la mesa. Era la hora de un espléndido futuro todavía sin un nombre preciso. En un momento de la comida me entregó el texto de una conferencia que había pronunciado poco antes, creo recordar que en A Coruña, y que trataba de compendiar su visión de político galleguista desde una vertiente cultural. Le dije que la leería con gusto, pero él insistió en que quería conocer mi opinión, porque, según deduje, en su poliédrica personalidad pública no vislumbraba otro déficit que el cultural. Sólo en este punto se le percibía alguna inseguridad. Remota, por supuesto. De la cita me quedó una idea clara: Cuíña creía firmemente en Cuíña. Si algo podía perderlo no eran sus enemigos sino aquella ciega seguridad suya en que no los tenía. ¿Era inocencia? ¿Orgullo? ¿Prepotencia? El tiempo está hablando por todos.