DON CAMILO José Cela tenía por costumbre retratar la vida apoyándose en la imagen popular del juego de la cucaña. Ese divertimento que obliga a subir por un palo resbaladizo para capturar un salchichón reseco. Lo normal es que el cucañista resbale cuando está a punto de lograr el objetivo. Y que vuelva a intentarlo. Una y otra vez, hasta la extenuación. En las últimas semanas, los gallegos nos hemos visto subiendo y bajando por el palo resbaladizo, creyendo poder alcanzar el premio de una salida a la crisis política e institucional. Pero, como bien relataba el Nobel gallego, cuando parece que lo vamos a lograr, tenemos un nuevo resbalón. Nos acostamos con la ilusión de que remita el temporal y desayunamos con una situación inimaginable. Se cuentan con los dedos de una mano los que piensan que con la toma de posesión, ayer, de cuatro nuevos conselleiros, Galicia inicia un periodo de estabilidad. No lo creen ni los que lo defienden con vehemencia. Porque estamos ante una remodelación marcada por los dosieres, contra-dosieres, facciones enfrentadas, cuotas de poder y por reuniones clandestinas. El nuevo Gobierno arranca con la amenaza real de permanecer instalado en la crisis. No somos capaces de despojarnos de la convulsión permanente en la que nos han metido. La feroz guerra para controlar el PP gallego ha hecho trizas la imagen de cohesión que todos deseábamos. Lo que hace sólo semanas resultaba impensable, es hoy una realidad. Y «esto no ha hecho más que empezar», como bien señaló una fuente próxima al ex-delfín Cuíña. Hace sólo unos días la ex conselleira Manuela López Besteiro aseguraba con firmeza que «el objetivo de Fraga es que la remodelación de Gobierno dé respuesta a las necesidades de Galicia». Pero, lamentablemente, las necesidades no fueron las de Galicia. Y eso es lo preocupante.